Santiago Gómez Salán

Profesor De Enseñanza Secundaria

Recuperar la confianza en el IES Fernando I

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Hace algo más de cinco años publiqué en estas páginas IES Fernando I, injustamente denostado. Como antiguo alumno y actual profesor del centro desde hace años, salí entonces en defensa de una institución a la que me une una buena parte de mi vida personal y profesional. Lo hice porque consideraba que algunas críticas estaban dañando inmerecidamente su imagen y porque conocía el esfuerzo diario de muchos de sus docentes. Pocas semanas después, Diario de León publicó «El IES Fernando I se desangra», una información que alertaba sobre la pérdida de alumnado en el instituto y su marcha hacia centros de León.

En 2024, con motivo del cincuentenario del IES Fernando I, recordé el papel decisivo que este centro había desempeñado en la formación de varias generaciones de Valencia de Don Juan y su comarca, en una etapa en la que era un centro prestigioso, exigente y respetado. Hoy, sin embargo, defenderlo exige algo más complejo que conmemorar su historia: analizar sus problemas y preguntarse por qué no ha sido posible detener su deterioro. El instituto sigue viendo reducida su matrícula y capacidad de atracción. Sería fácil atribuir la pérdida de alumnado exclusivamente al descenso de la natalidad, a la despoblación de las zonas rurales o al deterioro de las instalaciones del propio centro. Todos estos factores, y algunos más, existen, si bien sus efectos se han visto parcialmente compensados por la llegada de familias procedentes de otros países, cuyos hijos se han incorporado al instituto, contribuyendo así a amortiguar esa pérdida. Entre las razones que algunas familias expresan para escolarizar a sus hijos en León aparecen los problemas de funcionamiento y la falta de orden y disciplina. Buscan un centro en el que exista un ambiente adecuado para el estudio y se respeten unas normas básicas de convivencia. Por eso, cuando optan por escolarizar a sus hijos en León, pese a tener más cerca el instituto público de su zona, convendría examinar los motivos de esa decisión. Por otra parte, cuando disminuye el número de alumnos de un centro, se reducen grupos, optativas, profesorado y su oferta educativa. Se crea así un círculo vicioso: cuantos menos recursos ofrece, más difícil le resulta competir con otros centros educativos; y cuanto menor es su matrícula, más difícil es mantener esos recursos. En aquella información publicada por Diario de León en 2021 bajo el título «El IES Fernando I se desangra» se apuntaba, entre otras posibles explicaciones de la pérdida de alumnado, a la supuesta «exigencia excesiva de algún profesor». Cinco años después, quizás convendría plantear la cuestión en sentido contrario: ¿es realmente el problema que todavía existan profesores exigentes o que cada vez resulte más difícil exigir, mantener el orden y hacer cumplir unas normas comunes? Durante las últimas décadas, las sucesivas reformas educativas han ido minando el valor del esfuerzo, del conocimiento y del sentido de la responsabilidad. Se ha extendido la idea de que exigir puede resultar perjudicial, que la repetición de curso supone un fracaso y que el suspenso debe evitarse a toda costa. El objetivo parece ser que el alumnado promocione y titule, aunque no siempre haya alcanzado los aprendizajes correspondientes. A esta pérdida de exigencia se une una burocracia asfixiante que consume una parte cada vez mayor del tiempo del profesorado: informes, registros, protocolos, planes y documentos que, por lo general, aportan poco a la enseñanza. Cada hora dedicada a cumplimentar trámites innecesarios es una hora que se resta a preparar clases, elaborar materiales o atender con mayor detenimiento al alumnado con dificultades o necesidades educativas especiales. Resulta paradójico pretender una enseñanza individualizada mientras se reduce el tiempo del que disponen los docentes para hacerla posible. También se han deteriorado el orden y la disciplina. Para algunos, hablar hoy en día de «disciplina» equivale a evocar el regreso a una educación autoritaria. Sin embargo, se trata de establecer normas claras y garantizar el derecho a aprender de cada alumno. No puede concebirse una enseñanza de calidad cuando el profesor dedica buena parte de la clase a pedir silencio o resolver conflictos. El diálogo y la mediación pueden ser útiles, pero si el incumplimiento reiterado carece de consecuencias, se transmite la idea de que las normas son demasiado flexibles y, como consecuencia, la autoridad del profesor queda irremediablemente socavada. Sería injusto, sin embargo, atribuir todo este deterioro exclusivamente a las leyes educativas o a la Administración. Los centros conservan un margen de autonomía que también deben saber ejercer. La forma en que establecen criterios claros, respaldan al profesorado y afrontan los conflictos puede contribuir a frenar los problemas o, por el contrario, a agravarlos. La pérdida de autoridad tampoco se manifiesta únicamente dentro del aula. En ocasiones resulta difícil mantener criterios pedagógicos y organizativos frente a las preferencias de algunas familias. Escucharlas es necesario, pero tales preferencias no deberían condicionar decisiones sobre el profesorado —por ejemplo, sobre qué profesores deben o no impartir clase a sus hijos— ni sobre la configuración de los grupos, decisiones que han de responder a criterios objetivos y equitativos. A todo lo anterior se añade otra cuestión: la relación de los equipos directivos con la Administración. Cumplir la normativa y mantener una relación fluida con el Área de Inspección no exige un acatamiento servil que vaya en detrimento del profesorado, del alumnado y de la comunidad educativa en su conjunto. Cuando evitar cualquier discrepancia con la Administración prevalece sobre la defensa de las necesidades reales del centro, se pierde autonomía y capacidad de actuación. En el IES Fernando I, recuperar la confianza de las familias debería ser una prioridad. Pero el prestigio de un centro educativo no se restablece solo con jornadas de puertas abiertas, difusión en las redes sociales o actividades de promoción. La imagen que el centro transmite al exterior depende de lo que ocurre dentro: de la calidad de la enseñanza, el nivel de aprendizaje, el orden, la respuesta ante los problemas y la capacidad de la dirección para tomar decisiones con criterio propio. En 2021 defendí al IES Fernando I frente a un descrédito que consideraba injusto. Hoy sigo creyendo que debe ser valorado. Pero respaldar una institución no consiste en negar sus problemas ni en limitarse a mirar con nostalgia lo que representó en el pasado. Su futuro pasa por analizar las causas de la pérdida de matrícula, ofrecer un apoyo real a los docentes, aplicar las normas con coherencia, recuperar la exigencia académica y reducir la burocracia. El IES Fernando I forma parte de la historia de Valencia de Don Juan. Su pasado como centro puntero no debe quedar reducido a un simple recuerdo, sino ser la demostración de que puede volver a ocupar el lugar que le corresponde. Pero para ello hace falta algo más que cuidar la imagen: hay que mejorar la realidad que esa imagen refleja.