Enrique Ortega Herreros

Médico Psiquiatra Jubilado

El hombre y la mujer del futuro

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Las circunstancias empujan inexorablemente al hombre varón a replantearse algunas de sus costumbres en la relación con la mujer, y viceversa. Tampoco es nada nuevo, pues la cultura, la civilización le ha llevado a modular sus «tendencias naturales», incluidas las catalogadas como perversiones. Lo que ocurre en la actualidad es que los cambios culturales se suceden a un ritmo acelerado. No es fácil para el hombre de hoy día adaptarse a la nueva situación con la rapidez que las circunstancias se lo exigen. Digo las circunstancias, más que las exigencias que la mujer demanda, por otra parte, con toda justicia. No es solo una cuestión de fondo, lo es también de forma y de «timing» (de sincronización, de ritmo). Es, obviamente, una cuestión de educación. Y eso lleva tiempo.

Contemplando los diferentes estilos o modelos de las relaciones entre los hombres y las mujeres en el mundo, hay opiniones encontradas ya que lo que unos consideran apropiado y vigente en el trato entre ambos sexos, y necesario para mantener un equilibrio en las relaciones sociales en su conjunto, otros catalogan ese mismo trato de vejatorio, abusivo, de un machismo infumable, e incluso degenerado, pues el sentido de propiedad alcanza cotas propias de la esclavitud. La cultura es la que ha propiciado dichas conductas y/o aberraciones. Parece contradictorio, pero gran parte de esas mismas mujeres asumen ese papel, o al menos es lo que parece. Algunos pensarán que durante muchos milenios se ha convencido a la mujer de que era inferior al hombre y por tanto supeditada a sus deseos y «necesidades». Craso error comete quien así lo crea. Que se haya visto obligada no quiere decir que, en el fondo, estuviera convencida. Yo creo que ha sido más sacrificada y responsable, eso es todo. El hombre es de mirada corta en comparación con la mirada de la mujer. Cabe imaginar que la mujer tuvo pronto conciencia de que era ella la protagonista del mantenimiento de la especie, dadas la debilidad y necesidad extrema del recién nacido, así como del poder que su sexo ejercía sobre el macho de la especie que se creía poseedor, aunque en realidad, fuera poseído o «desposeído». En cuanto al hombre, imagino que pronto se diese cuenta de que, en efecto, era mucho menos poderoso que la mujer en el porvenir de la especie y optó por vindicar, dejar claro, para compensar o demostrar su poder, que era más fuerte físicamente, empleando su fuerza no solo en defender y proteger, sino también en dominar a la mujer. Y lo que la naturaleza tenía dispuesto para una complementariedad entre ambos sexos se desvió, degeneró por la «cultura» (incluidas mitologías y religiones). Las ansias de poder, de supremacía, de posesión del macho derivaron en un trato discriminatorio hacia la hembra. Claro que eso se ha cristalizado más en la forma (leyes, normas de conducta, etc.) que en el fondo (ligazón amorosa, respeto, protección e interdependencia). No pretendo adentrarme en vericuetos psicoanalíticos, pero sí destacar un hecho: no debió ser fácil para el pequeño macho humano verse privado de la hembra madre. Seguro que se refugió en la amistad grupal de los machos (los amigos, la pandilla, tan rica en compartir emociones y ligazones afectivas), pero esa era y es una etapa en la evolución, no un fin en sí misma. Llega después el momento de emparejarse, de buscar «la otra mitad». De las expectativas, deseos y «necesidades» de ambas partes de la pareja dependerá el resultado conseguido o fallido en su andadura. Un apunte más: la mayor parte del proceso relacional de la pareja se desarrolla de forma inconsciente, lo cual complica el resultado. La mujer es más intuitiva y perspicaz en esos movimientos. Vamos, que va por delante del hombre. Y, además, sabe que el hombre, emocionalmente hablando, es más dependiente de ella que a la inversa, por mucho que cacaree el hombre pretendiendo demostrar lo contrario. Es tan compleja la dinámica y tan íntima la relación en la pareja que la gente suele decir que lo que ocurre en ella «es un mundo», cuyo análisis se escapa a la observación general. Siendo el amor el verdadero motor y protagonista principal en la relación armoniosa entre los seres humanos en general, y en las relaciones hombre— mujer en particular, está supeditado dicho amor, en gran parte, por tendencias inscritas en la biología (especialmente lo concerniente a las hormonas) así como por los condicionamientos emocionales de la historia personal de cada uno (tanto lo positivo como las carencias, frustraciones o traumas producidos en su desarrollo). Consolidada la total igualdad jurídica y «social» entre ambos sexos en nuestra cultura, se avecina una etapa en la que se ha de «pasar del derecho al hecho». Eso que es fácil de decir, es complicado de lograr. Cambiar los roles tan anclados en el inconsciente (individual y colectivo) no es solo una cuestión de deseo y buena voluntad. Requiere tiempo, «negociaciones» entre las partes, superación de prejuicios y miedos, aceptación de renuncias y de «privilegios». Educación, mucha educación. Hay que tener mucho cuidado para evitar que el proceso «se cierre en falso», que parezca que está resuelto el problema sin realmente estarlo. Cambiar los modelos, los sistemas (políticos, sociales, religiosos, filosóficos, etc.) es complejo. Si, además, se trata de cambiar el modelo de crecimiento biológico de la especie centrado desde el principio de los tiempos en el ejercicio del sexo entre el hombre y la mujer, la operación se torna más complicada. Sigo pensando que, en ese proceso de cambio efectivo, el papel de la mujer va a ser primordial, como lo ha sido siempre en la evolución humana. Pero no va a ser por las bravas, sería un error. Tampoco siendo, simplemente, consentidoras o pasivas. Ellas sabrán hacerlo, no me cabe la menor duda. El hombre acabará accediendo, «gustoso», al cambio. En referencia a los casos de violencia, condenables sin reserva, no deben ser utilizados como muestras equivalentes de la relación habitual entre la mayoría de las relaciones entre ambos sexos. Representan una perversión que debe ser tratada como tal a todos los niveles. Preocupan sobremanera los casos de violencia de niños sobre niñas, así como el control de los chicos adolescentes sobre sus parejas. A mi juicio son fenómenos morbosos que están demostrando que esos niños y adolescentes están indicando fallos clamorosos en su desarrollo psicosocial. El deficiente control de impulsos, la sexualidad agresiva, etc. son distorsiones graves en ese desarrollo. La sociedad, en su conjunto, tiene una responsabilidad ineludible al respecto. No basta repetir el eslogan «contra el maltrato, tolerancia cero». Hay que poner el acento sobre otro eslogan más positivo, tipo «practica el respeto y el amor en la relación hombre mujer, y viceversa…» El futuro más armónico entre hombres y mujeres, no será cuestión del respeto «concedido» del hombre hacia la mujer, sino del respeto mutuo. Es lo que una madre le dice a su hijo que se va a casar: «Sé amable y cariñoso con tu esposa y no busques dominarla, pero tampoco te dejes dominar por ella». Fin de la primera parte. La segunda parte, tratando sobre el mismo tema, describe un futuro expectante.