Vivir por encima de nuestras posibilidades, aumentando la deuda

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Los trabajadores del sector privado, de bajo nivel salarial, siguen sufriendo una brutal competencia desleal de cientos de miles de «esquiroles» extranjeros. Los «expertos economistas de secano» afirman: «Los inmigrantes vienen para hacer los trabajos que los españoles no queremos, y serán los que el día de mañana nos paguen las pensiones, gracias a ellos se han abaratado los costes».

Ahora, el «esclarecido» Gobierno de esta España que padece uno de los mayores paros de Europa y doce millones de pobres, está tratando de regularizar y legalizar a todos, sean quinientos mil, un millón, dos millones, pues quiere ganar votos con la ley de memoria democrática, ley de nietos, biznietos, romanos, y fenicios, «barra libre» para que entren y tomen lo que quieran. Error grave es que los empresarios del campo, de la construcción, y de la hostelería piensen que sus beneficios llenarán a rebosar sus cajas y podrán seguir exigiendo cuarenta horas semanales, como hace más de cincuenta años cuando se araba con bueyes, mulos y caballos, sin tractores ni regadíos ni industrias de transformación y valor añadido, sin cooperativas, sin ayudas públicas y créditos blandos. La avaricia romperá el saco, y perjudicará enormemente a la clase trabajadora nativa, obreros menos cualificados que no tendrán ningún poder reivindicativo, mejoras sociales, aumento de salarios y estabilidad laboral. Es muy triste que todavía hoy, en pleno siglo XXI, para poder vivir, los trabajadores menos cualificados tengan que sufrir tareas peligrosas que dañan la salud y aumentan la siniestralidad. En esta desafortunada España hacen fortuna los fariseos que tienen la cara dura de manifestarse en contra del capitalismo, pero viven muy felices a costa de él. Pobres jornaleros españoles que, a este paso, nunca podrán liberarse y vivir mejor, seguirán siendo sacrificados y humillados por los gobiernos, por los malos empresarios, por los hipócritas que de nuestros impuestos y donaciones directas reciben 100 reparten 30, para justificarse, y se quedan con 70: ¡Gran chollo es la intermediación! No soy sospechoso de no creer en Dios y no defender a la Iglesia Católica, y si alguna vez la he criticado ha sido para intentar mejorarla. Conozco bien a los sacerdotes, a los religiosos, a los jesuitas, que muchas veces han llamado a mi puerta y otras incluso han entrado sin avisar ni llamar, y siento que, hoy, en aras de la verdad, tenga que decirle al «padre» Alberto Ares Mateo, de Veguellina de Órbigo, doctor en Migraciones Internacionales, director del Servicio Jesuita a Refugiados de Europa, que no estoy de acuerdo en casi nada de lo que dice en la entrevista que el día 4-8-2026 le hizo Ana Gaitero para Diario de León. Parece lógico que, habiendo estudiado teología en Comillas, «promueva la cultura de la acogida y sociedades inclusivas frente a políticas restrictivas de la Unión Europea», pues, al fin y al cabo, usted está en su papel, que es llevar el agua a su molino pidiendo la llegada de más inmigrantes a esta malísima Europa que, además de pagarle el sueldo a usted, también tendrá que atender todas las necesidades de las personas que la Iglesia Católica reclama, convertir a los europeos en una sociedad tan caritativa que esté siempre dispuesta a poner la otra mejilla, igual que El Vaticano, que no tiene fronteras, entra y se queda todo el que quiere, y no como en China, por ejemplo, que el Gobierno comunista nombra los obispos y el Papa acepta. Lo que no entiendo, y además me parece insultante, es que habiéndose licenciado en Ciencias Empresariales en Valladolid, tenga el atrevimiento de afirmar: «España es el motor económico de Europa gracias a las personas migrantes»; «La política de integración del PP y del PSOE nos ha convertido en uno de los países locomotora de Europa, por encima de Francia, Alemania, Inglaterra y está demostrando que las personas que llegan cada año son las que necesitamos en el mercado laboral»; «El mero control de fronteras y la construcción de vallas más altas no soluciona el problema, no hay invasión, los españoles también emigramos en el pasado, muchas veces en situación irregular, fuimos a América Latina (Debería haber dicho Hispanoamérica, e Iberoamérica), al norte de Europa y no siempre con papeles. Necesitamos compañeros de viaje para los que trabajan en nuestro campo de León. ¿Quién está cuidando de nuestros pequeños y de nuestros mayores? ¿Quién atiende muchos servicios?». En fin, señor jesuita, que su homilía político-religiosa es una mezcla de disparates, medias verdades, y colosales mentiras. Es el problema de la Iglesia, habla mucho, pero no escucha, va de sobrada por la vida cantando «no estés eternamente enojado perdónanos Señor», unas «eminencias» dicen que hay infierno y otras lo niegan, desprestigian la parábola de los lirios del campo, y el arzobispo de Oviedo en enero de 2026 se manifestó contra la regularización masiva de inmigrantes. El cardenal africano Robert Sarah ha advertido a los europeos: «estáis siendo invadidos por otras culturas», y el ya fallecido Manuel Carreira, sacerdote, jesuita, teólogo, filósofo, astrofísico asesor de la NASA, dijo: «El Islam es la peor peste que le ha ocurrido a la Humanidad». Ustedes ni siquiera se ponen de acuerdo, y sus ovejitas no es de extrañar que andemos un tanto descarriadas... Negocio son también los nuevos regadíos, tierras pobres de secano ahora muy enriquecidas, gran capitalización que debería beneficiar a todos, no sólo a los propietarios, también a los trabajadores, hijos, nietos, biznietos de españoles que con su enorme sacrificio histórico nos han traído hasta aquí. Las máquinas, la alta tecnología, la informática, la robótica, con sus grandes producciones tienen que estar siempre al servicio del bien común, de las personas, de todas las personas, para liberarnos del trabajo duro y procurarnos más tiempo libre, más libertad, más paz, más felicidad para todos. Muchas veces escribí que «El trabajo es un bien necesario y escaso que hay que repartir». Es totalmente absurdo, injusto e insolidario que 20 millones de españoles afortunados tengan que trabajar, «como mulos», cuarenta horas semanales y, al mismo tiempo, a tres millones de pobres desgraciados no se les permita. Debe rebajarse la jornada laboral, en las horas necesarias, hasta conseguir el pleno empleo. Pero esta reducción no puede hacerse unilateralmente, hay que hacerla al amparo de un gran acuerdo general entre el mayor número posible de países del mundo avanzado, básicamente los más desarrollados y ricos. La culpa del naufragio no la tiene el barco, que era fuerte, poderoso; tampoco la tiene la mar, siempre peligrosa cuando hay temporal (los mercados); la culpa es del capitán y su tripulación, que sin saber apenas navegar, pilotaron a toda máquina, sin rumbo…, y quemaron combustible, agotaron las reservas…, y rompieron los motores, el velamen y el timón…, y ahora flotan a merced de las olas, de los vientos, de las circunstancias… a la deriva. Pero, ellos, mientras llega el rescate, se reservan siempre un lujoso y cómodo bote salvador, con agua, vino, champán, y exquisitos alimentos que les aseguran nuevas y agradables travesías…». En el censo de 1930 por primera vez en la Historia de España el número de trabajadores en la industria y en los servicios superó el de trabajadores agrícolas. Desde comienzos de este siglo XX la gente abandona el campo y se va afincando en las ciudades. Desde 1900 hasta 1930 la población de España aumentó en 5 millones, alcanzando los 23,7 millones a pesar de haber sido muy diezmada por la gripe de 1918. Con toda Burbialidad.