Pendones, herencia y contemporaneidad como patrimonio inmaterial
No constituyen una simple cabalgata del todo vale y falso populismo festivo. Engendran enorme responsabilidad por ser un símbolo de identidad local
En ocasiones, una polémica debida a nuevas realidades puede, finalmente, traer cordura a un asunto. Esperemos que en el tema de la indumentaria acompañante de las concentraciones de pendones —hoy también para algunos «pendonadas»—, las últimas discrepancias suscitadas puedan contribuir en positivo y perfilar un patrón. Arquetipo futuro, más idóneo, de puesta en escena a este acto de exaltación, refolclorización y nueva redimensión divulgativo patrimonial —material e inmaterial—. Pues se plantea para un contexto y espacio urbano actual, alejado y descontextualizado de las características, momentos y circunstancias de producción del mundo tradicional del pendón. Por ello, da pie a este tipo de reajustes necesarios. ¿Tesis, antítesis, síntesis, convendría?
Para ello y su tratamiento, de un lado, exige del debate tener presente todo aquello que se argumenta sobre los pendones y lo que les rodea en el plano científico. Importante para ciencias como la etnografía, antropología, etnomusicología y para la salvaguarda del costumbrismo, el simbolismo y la carga identitaria ancestral, unidos a la atención a las expresiones de la tradición y su razón de ser en todos sus aspectos. De otro, el atender a las también no menos legítimas preferencias puntuales actuales y evolución que, sobre aspectos y cuestiones concretas, pueden plantear muchos o algunos protagonistas. Por acertados, equivocados o hasta muy incompresibles que pudieran entenderse o ser desde algunos puntos de vista sus planteamientos. En los últimos cuarenta años y en el ámbito de la indumentaria tradicional, las líneas de actuación abordadas por más de cincuenta grupos y colectivos provinciales de baile tradicional, danza, costumbres e indumentaria y otros, han sido referenciales a nivel nacional. Han sido consecuencia y muestra de un enorme y riguroso trabajo recolector de materiales, investigador y de estudio a todo nivel a cargo de especialistas como Joaquín Alonso, Concha Casado, Javier Emperador y varios, más jóvenes, seguidores de su planteamiento recuperador y de puesta en valor. Si a ello unimos lo, en idénticos contenidos, ocurrido en lo que toca a los típicos «carros a la virgen» y todo lo investigado desde mediados del siglo XIX sobre el patrimonio material e inmaterial de la tradición en la provincia leonesa —gracias a reconocidísimos científicos a todo nivel—, el resultado ha traído una realidad y logros irrenunciables. Como, por razones obvias, comprende cualquiera. Por tanto, hace falta responsabilidad, formación y conocimiento, además de pedagogía, para continuar la trayectoria en su aplicación. Tanto desde las instituciones promotoras, colaboradoras o supervisoras de eventos, como entre los colectivos implicados. Y no solo desde el argumento de la también necesaria sensibilidad popular, pues, de otro modo, injusta e inconscientemente desperdiciaríamos un riguroso e importantísimo capital argumental. ¿Podríamos sentirnos orgullosos si, de modo zoquete no conduciendo bien el tema, entre todos no somos capaces de captar todas las realidades sin, a la par, comprender lo expuesto? «Rectificar es de sabios». Tanto para el que, aunque bienintencionado y con argumentos plantee o de pie a innecesaria discrepancia —aunque, puede también razonable y legítima—; como para, asimismo, el que necesita reflexionar tal vez sobre aquello que, puede o deba también plantearse revisar. Así, en conjunto, todo contribuye a crecer y sumar y no dividir y restar. Desde perspectivas profesionales de los investigadores de la tradición, innecesarios conflictos circunloquiales como éste, demandan propuestas para puntos de partida a posible solución. En mi opinión, pudiera pasar la misma porque, de un lado, el grueso de vecinos y acompañantes del pendón, representantes de la realidad local, puedan presentarse ataviados con su indumentaria preferida popular —actual, romera y colorista, elegida y aceptada por todos, integrada por polos y camisetas—. Aunque, como sugerencia para próximas ediciones, ¿podría replantearse, paulatinamente y aunque sean lícitos, ir prescindiendo de algunos formatos de estética poco agraciada o excéntricos (con excesivos fosforitos, chillones, «dibujines» serigrafiados y elementos kitsch ajenos a la realidad local tradicional)? Sin que, a través de ellos, pudiera predominar una idea o contexto equivocado de «peña» pues, los pendones, no representan absolutamente nada de eso. No constituyen una simple cabalgata del todo vale y falso populismo festivo. Engendran enorme responsabilidad por ser un importante símbolo representativo de identidad local —antaño exclusivamente usados en tal fin solo en ciertos actos y no en cualquiera—. Así, por todo lo citado y, en nuevos contextos como estos de exaltación de la tradición y la tradición indumentaria también, es desproporcionado afirmar que, ¿debería evitarse el suscitar al espectador —faltando a la herencia— un malentender, por comparación, encaminado a algo grotesco? Tal vez aquí fuera de lugar, a diferencia por ejemplo del carnaval. De otro, como algunos hemos sugerido ya en ediciones anteriores, ¿se puede o debe plantear también que, alrededor del pendón y del tamboritero e intérpretes tradicionales, se marque un formato digno al significado carácter identitario de los pendones? Así asumido de modo ancestral en la provincia por su evidente y alto nivel de relevancia social debido a la elevada carga identitaria implícita y de respeto, como símbolo representativo que ostenta para vecinos en cada localidad, parroquia, entidad local o cofradía. Por ello, subrayar visualmente esta importancia, debería implicar que, arropándolo, las personas más próximas al mismo fueran figuras de la tradición consuetudinaria leonesa. Y éstas —como algunos ya han hecho—, a diferencia del resto de personas «con el pendón», sí se presentarían estrictamente ataviados de rigurosa indumentaria solemne tradicional. Y evitarían malentendidos, un mal planteamiento y pie a polémica estéril e innecesaria. Es decir, de «traje regional» de cada zona y capa, o con la indicada camisa blanca, pantalón negro, junto a la prenda de cabeza (sombrero, boina, montera), capa, fajín del color tradicional de la zona, comarca o pueblo, zapatos negros o hasta madreñas. Modelo que solo afectaría tanto al presidente de la Junta Vecinal / Concejo o «Cunceyu», con su «vara de concejo» —o a un figurante—; como a los «remeros» y el portador principal del pendón —que evoca la figura histórica en estos asuntos conocida como «alférez de pendón»—. Además de a alguaciles —¿que porten «la copa de concejo» y otros elementos propios como el «tambor del concejo», «el de mozos», el «turullo» convocatorio o las dos llaves del arca del concejo (la 3ª la llevaría el presidente al cuello)?— y hasta «el campanero»—. Alrededor y detrás de este núcleo que solemniza el contexto de identidad consuetudinaria leonesa, se situaría el lógico y necesario arropo popular del conjunto de vecinos y amigos. Con su indumentaria colorista y romera de camisetas y polos, ¿puede, no muy estridentes? ¿Esta u otras propuestas podrían ser base para un modelo que recoja y ponga donde corresponde la severidad de la tradición, el legítimo sentir y el criterio de elección popular?