Diario de León

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En el siglo de la egolatría, el monarca absoluto de nuestros anhelos es el like. Ese corazón virtual que rubrica con un «me gusta» todo lo que ofrecemos en el escaparate insaciable de la modernidad: nuestra cara, nuestra obra, nuestros actos, nuestras nimias gracias cotidianas. Buscar la aprobación de la tribu es una pulsión tan antigua que ya debía despachar sus cuotas de vanidad en las cavernas de Altamira. Aunque no existan pruebas de que lo practicaran los inquilinos del arca de Noé, la biología nos susurra que sería de lógica. El pavo se pavonea; el gallo, gallea.

La adulación la buscan los soberbios, para acariciar su íntima convicción de levitar muy por encima del vulgo, y la mendigan los modestos, como un andamio de urgencia para sostener su precaria autoestima. Pero ahora, bajo el amparo de la tecnología, le hemos añadido a esta flaqueza humana un condimento muy sabroso: la capacidad de monetizarlo, es decir, de encauzar el narcisismo hacia la cuenta de ingresos. Esta metamorfosis del halago en divisa ha parido una industria formidable que cotiza en bolsa y devora almas con la precisión de un relojero suizo. Hasta hace un suspiro, el ególatra se conformaba con la pleitesía de su círculo íntimo, el aplauso en la platea o la envidia del cuñado en la sobremesa de Navidad. Hoy, el algoritmo ha industrializado la lisonja, convirtiendo la necesidad de prevalencia en una cadena de montaje. El ciudadano de a pie actúa hoy como el presidente de un consejo de administración, evaluando los dividendos emocionales y económicos de subir una fotografía de su propio desayuno. Hemos tasado la dignidad humana en unidades métricas de interacción. No se trata ya de compartir un instante de genuina belleza o un talento singular, sino de someter cualquier rasgo de la personalidad al escrutinio implacable del mercado. El individuo contemporáneo se ha transformado en un bróker de sus propios afectos, un mercader que disecciona sus tragedias y sus pasiones para exprimirles unas gotas de rentabilidad. El

like ha dejado de ser un gesto de simpatía para erigirse en el código de barras de nuestra identidad. En esta enloquecida carrera por el favor de las masas, la autenticidad ha sido la primera víctima propiciatoria. Al vincular el sustento económico —o la relevancia social, que a menudo son la misma cosa— a la ovación ajena, el exhibicionista se ve forzado a amputar cualquier arista de su carácter que pueda resultar indigesta para el paladar del rebaño. Se fomenta una estandarización de la alegría, una coreografía del éxito que resulta tan empalagosa como trágica. La «likemanía» opera como un corsé victoriano sobre el cerebro: nos obliga a sonreír con la intensidad exacta que exige el algoritmo y a indignarnos con la furia prefabricada que dictan las tendencias del día. La tiranía del clic penaliza el matiz y glorifica la brocha gorda. Aquellos que antaño hubieran cultivado un talento genuino en la penumbra, hoy se ven arrastrados a la pista de un circo perpetuo que premia la mediocridad histriónica y castiga el silencio reflexivo con el peor de los destierros contemporáneos: la irrelevancia algorítmica. Saldrán, por supuesto, los evangelistas de Silicon Valley y los sociólogos de guardia a defender que esta economía de la atención ha democratizado el talento. Nos dirán, con la boca llena de neologismos, que las redes han derribado las viejas tiranías de los intermediarios, permitiendo que cualquier hijo de vecino construya su propia comunidad y viva de su arte sin depender del capricho de los mandarines culturales. Solemne falacia envuelta en celofán. Lo que hemos hecho no es abolir a los caciques, sino sustituirlos por un tirano mucho más opaco, caprichoso y cruel: una fórmula matemática diseñada para exprimir nuestra neurosis y escupir dopamina a cambio de clics. La supuesta independencia del creador es la libertad del hámster que corre en una rueda de oro, convencido de que dirige el mundo cuando apenas logra iluminar su propia jaula. Hemos convertido el alma en una valla publicitaria y el reconocimiento en un triste apunte contable. En nuestro afán por ser admirados a escala planetaria, corremos el riesgo de olvidar quiénes éramos antes de que nos pusieran precio. Quizá descubramos, cuando la pantalla se apague y el último corazón virtual se desvanezca en la negrura del cristal, que hemos vendido nuestra biografía a cambio de calderilla.

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