Ya nada es igual
Nunca estuve en Japón y si algo conozco de ese país es a través de los medios de comunicación, los libros o Internet. Parece que se trata del país más urbanizado del mundo, en el que apenas un seis por ciento de la población vive en el campo. De sus urbes, creo que tengo una imagen más o menos fidedigna, pero hasta hace bien poco tenía una percepción errónea de su mundo rural. Imaginaba verdes colinas, plantaciones de arroz y casas tradicionales. Mi visión no dejaba de ser una actualización de los paisajes de la película «El último samurái».
Fue un amigo, que lleva grupos al camino de Kumano, quien me sacó del error. Según me cuenta, las aldeas japonesas están todavía más desastradas y abandonadas que las nuestras y predomina el feísmo arquitectónico mires por donde mires. Para las duras etapas del Kumano tienen que llevar la comida y todo lo necesario, pues solo en los templos (final de etapa) hay servicios. Mientras mi mente va procesando ese cambio de visión del mundo rural japonés, empieza a comparar las imágenes actuales de lo nuestro con ese otro que tenemos idealizado, y empieza a pensar que, a pesar de tenerlo tan cerca en el tiempo, la percepción es casi tan errónea como con lo japonés. Mi primo y yo creamos, hace ya unos años, un grupo de fotos antiguas de nuestro pueblo en Facebook, en el que la gente se animó a compartir un buen puñado de imágenes. A mí me gustan especialmente las de un catalán, que empezó a venir por los años setenta, al que le llamaban la atención cosas a las que nosotros no les dábamos importancia. En ellas nos muestra unos montes labrados en su mayor parte, que en nada se parecen a los de hoy, pero que se ajustan perfectamente a la descripción que el que sería presidente norteamericano, John Adams, hacía en 1780, cuando decía que «estas montañas están cultivadas hasta las cumbres más altas». El mundo que fotografió Joán Ramón era, probablemente, más parecido al que describió John Adams que al que vemos en la actualidad. La gente emigró en busca de mejor fortuna y las aldeas se despoblaron. Los que se quedan, por una parte tienen que luchar contra la soledad y por otra contra una burocracia, cada vez más alejada de los valores humanistas, que somete la mayoría de sus actos a previa autorización administrativa. Una burocracia dirigida por oficinistas urbanos que pretenden devolver la naturaleza a su estado prístino, en el cual parece que sobra el hombre. Antes el monte no ardía porque estaba sembrado o en barbecho, y las quemas que se hacían eran controladas para, precisamente, fertilizar la tierra. Ahora el monte arde porque está lleno de combustible, porque no existe un incentivo económico para limpiarlo, porque no hay gente, y porque la poca que hay ya no trabaja las parcelas más costosas. También porque para tocar el monte hay que pedir un montón de permisos que desalientan a cualquiera. Debemos tener también en cuenta que limpiar el monte por el mero hecho de limpiarlo es, no solo una tarea imposible, sino también algo carente de sentido económico si no hay un aprovechamiento. Los que, desde los medios de comunicación, dicen que los incendios se apagan en invierno, seguro que nunca desbrozaron. Mantener los montes limpios sería algo onerosísimo para cualquier administración y más aún para los particulares que ya nada obtienen del monte. Tampoco debe interesar mucho, ya que, realmente, el gran negocio que, en la actualidad, se mueve alrededor del monte no es el de la prevención, sino el de la extinción. Así, con pirómanos o sin ellos, el monte va a arder y es natural que suceda. El gran problema es que ahora llega hasta las aldeas, cada vez más abandonadas, y estas también arden, lo que agrava aún más el problema del abandono del mundo rural y el control del territorio. Conviene repensar el problema del fuego, porque quizá lo estamos viendo con ojos de hace veinte o treinta años. Así, las conclusiones que saquemos van a ser equivocadas. Por poco tiempo que haya pasado, ya nada es igual.