Los curas de antes
¿Qué hubiese sido de la Iglesia católica sin los curas de pueblo? Se sacrificaron durante toda su vida

Ahora que D. Roberto Herrero, afamado ingeniero gijonés, anda «escabezándose» en busca de datos con los que concluir un libro sobre la figura, hechos y dichos de D. Otiquiano, cura del pueblo de su padre, quiero aportarle algunos de mis recuerdos. Apenas serán unos datos, sin reflexiones, nada profundo como lo que está haciendo él. Un pequeño grano de arena, un mica salis, como decía «nuestro querido párroco»; así le gustaba ser nombrado por los feligreses. ¡Ve ahí que le sirva!
Los curas de antes, en principio, son como los de ahora; quizás eran un poco más pálidos, pero en la iglesia hacían lo mismo. Estaban al servicio de los feligreses. El «antes» es una palabra que alude a algo que es un presente que ya pasó, pero no es igual para todos ni para todas las culturas. En este caso se refiere a antes del Concilio Vaticano II. Lo de cura es una palabra que usamos mucho en castellano, o usábamos, y que alude a un hombre consagrado por el obispo para las funciones religiosas. La palabra original es sacerdote, que designa a alguien sagrado y, como tal, reservado a Dios y a la religión. Está autorizado para consagrar, dar la comunión y, en otros tiempos, buenas ho..ias a los monaguillos que se desmandaban. Sin embargo, si alguien se revolvía contra su persona, iba al infierno, por sacrílego. Desde Trento se advertía contra los que ponían sus manos inmundas sobre persona consagrada. El cura vivía en el pueblo y siempre al servicio de la gente. Lo mismo decía misa por la mañana que rezaba el rosario por la tarde y daba catequesis siempre que se terciaba. Ya lo decía San Pablo: «Predica a tiempo y a destiempo». No descuidaba las novenas y, sobre todo, las cofradías. Algún viejo picarón decía que dedicaba demasiado tiempo a la Cofradía de las Hijas de María. ¡Bah, habladurías! El pueblo le encuadraba en una clase social superior, aun a sabiendas de que sus padres eran como ellos, de la misma extracción social. Habían ahorrado para pagar el seminario, como una inversión para la vejez. El refrán era claro: «Si quieres tener tu ancianidad segura, mete un hijo a cura». Le creían rico porque cobraba estipendios por misas, entierros y, sobre todo, responsos. No sé si los vecinos creían mucho en los responsos. Más bien pensaban que eran un «saca-perras». Los incrédulos se habían empeñado en propalar ciertas exageraciones irreverentes. Traducían el «Ne recorderis peccata mea, Domine…» un tanto libremente, según ellos el cura murmuraba: «Si estás en el cielo, bien estás; si en el purgatorio, ya saldrás. Si estás en el infierno, no hay remisión. Kirye eleisón, Christe eleisón, estas perras para mí son». Su estampa era inconfundible: Sotana negra hasta los pies, manteo en el invierno, teja para cubrirse la cabeza durante todo el año; la mano derecha presta para darla a besar a los niños y, en la izquierda, un pañuelo blanco para limpiar los fluidos nasales de los rapaces. El cura del pueblo ha sido una de estas figuras que han cumplido su misión como nadie. Muchas veces he pensado que, si hay cielo, son ellos los que estarán junto a Dios; los obispos, cardenales y papas (los que no estén directamente en el infierno) ocuparán puestos más bajos. ¿Qué hubiese sido de la Iglesia católica sin los curas de pueblo? Se sacrificaron durante toda su vida; viviendo en una soledad nunca comprendida, blanco de todas las habladurías y murmuraciones, obligados a hacer las tareas menos gratas. Infantería de choque de una estructura piramidal inamovible. Encargados de cobrar los diezmos, primicias y exacciones que no disfrutaban, porque se esfumaban por canales invisibles hacia los obispados, arzobispados y nunciaturas, y desde allí hasta Roma, donde sabían administrarlos
in suum commodum (en beneficio propio). Pero son recordados por la misión más noble y llamativa que tenían encomendada: predicar y «adoctrinar» al pueblo. Los feligreses generalmente no entendían nada de los sermones, escritos originariamente en latín y traducidos por frailes cultos, publicados en sermonarios con el permiso y la bendición de la autoridad. Nuestro querido párroco hacía lo que podía, sudaba tinta para meter en la mollera de los oyentes las nociones básicas de la doctrina cristiana, sin mucho éxito.Y es que, además, para ponérselo más difícil, los mozos, cuando el cura se volvía para el sermón, salían a los portales de la iglesia a fumar. Al predicador le llevaban los demonios, pero era víctima de sus propias prédicas, porque en alguna ocasión había afirmado que «en llegando a las primeras vinajeras, se oía misa»; o sea, que si llegabas al ofertorio cumplías. Los sermones eran larguísimos. Yo creo que pensaba que «la doctrina con frío entra», porque las pláticas de media hora o tres cuartos, en la iglesia fría y húmeda, causaron más «romaízos», gripes y catarros que las escarchas de San Blas. En los sermones se esmeraba lo suyo y lo exponía con vehemencia: «Piensa el vulgo ignorante que no hay más estrellas en el cielo que las que a simple vista se ven». Con un razonamiento de estos, los oyentes quedaban noqueados y ni se atrevían a mirar al púlpito. A veces se percataba de su vehemencia y con voz humilde y compungida remataba: «queridos feligreses, el Señor Cura no se enfada, el Señor Cura habla con energía». El Domingo de la Santísima Trinidad se enardecía contando el relato de aquel niño que se encontró San Agustín en las playas de África y que, con una concha, intentaba meter toda el agua del mar en un hoyo excavado con sus manos en la arena «¿Acaso eres tú más listo que San Agustín?», preguntaba de forma retórica. «¿Cómo te atreves, entonces, a pensar siquiera que vas a resolver el Misterio?». El auditorio se encogía de hombros, como que no iba con él. Nunca se supo de nadie de la parroquia, ni de la colindante, que se volviese loco dando vueltas a tan intrincado enigma. Es más, creo que nos daba igual, tan igual que a nadie se le puso en el bautismo el nombre de Trinitario. Otras veces se erigía en defensor de la justicia social y avisaba contra los que se creían practicantes ejemplares porque iban a misa mientras mandaban a los obreros a trabajar. Para esta ocasión, el ejemplo lo tomaba de Valdevimbre, de aquellos amos que, los domingos de vendimias, se sentaban en los primeros bancos de la iglesia , como diciendo: «Aquí está el católico número uno». «¡Qué vas a ser tú católico!», se encorajinaba, «si a lo mejor los criados se condenan porque no pueden venir a misa.». Las frases lapidarias han quedado grabadas en nuestra mente, aunque no sé si las interpretamos correctamente. Porque cuando tronaba con voz seria y engolada: «El tiempo es veloz en el correr, falaz en el tratar y terrible en el concluir», nos quedábamos en ayunas pensando en la profundidad del mensaje. Nunca supimos la consideración que nos tenía; yo creo que no mucha, porque cuando veía las caras inexpresivas de los feligreses suspiraba en voz alta: «Me dé Dios personal documentado». Y quizás no le faltaba razón. El sermón más memorable, y que bordaba como ningún orador profesional, era el dedicado a demostrar que nuestra Iglesia, la católica, era la verdadera, porque se mantenía Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. Razonaba lo de «Santa» con argumentos irrefutables: «Fijaos, hijos míos, que los protestantes, desde que Lutero se separó de la Iglesia de Roma, no han tenido ni un santo, ni un mártir, ni nada». Confieso que a mí, como niño, me apenaba la situación de los protestantes. Ya de mayor, la pena la sentí por el pobre cura, que murió en la ignorancia, sin saber que a los santos y a los mártires casi siempre los hacen el dinero, el poder y la política, aunque sea la política religiosa. Tenía un alto concepto de su oficio, persona y ministerio. Por eso, a lo largo del año, salpicaba sus sermones con llamadas de atención a los fieles, para que no olvidasen la importancia del papel del sacerdote. Ponía como ejemplo a «aquel gran rey Felipe II, que, viajando un domingo por sus reinos, pidió permiso al cura de la aldea para herrar la cabalgadura». Se preocupaba sin descanso por la salvación de las almas, y en ello entraban especialmente los enfermos. No había prédica en la que no recordase: «En caso de enfermedad grave o peligro de muerte, primero avisar al cura y después, si hay tiempo, al médico». A pesar de la preparación teológica y humanista que tenía, a veces titubeaba en algunas respuestas. En una catequesis de las que hacía en público, en la iglesia, le preguntó un niño inocentemente: «¿Por qué todos los papas son italianos?». Después de dudar brevemente, respondió con aplomo: «Porque los italianos son más católicos que nosotros». Pobrecillo, tan católico y sin enterarse de que los papas, desde tiempo inmemorial, han sido elegidos después de muchas negoci-acciones (sic), y los italianos no consentirían por nada del mundo que el papado se vaya a otro país, porque con el papa emigra el dinero. Los curas de antes son dignos de respeto porque, en general, hicieron lo que pudieron por el pueblo y los feligreses. Tuvieron que lidiar con muchos intereses propios y ajenos, religiosos y políticos. Los hubo caciquillos, metomentodo y algunos dispuestos a defender, pistola en mano, si fuese necesario, «la verdad»; pero también los hubo que se dejaron la piel y, a veces, la honra, en defensa de la justicia social y de sus feligreses. En general, fueron auténticos mártires, estrujados entre dos o tres ruedas: la jerarquía, el poder civil y las habladurías de los vecinos. Han sido hitos en la Historia de los pueblos y en las historias de los pueblerinos. Se merecen un premio en la otra vida, porque en esta su memoria no desaparecerá mientras viva algún feligrés de los que les sufrimos.