Diario de León

Enrique Ortega Herreros

Médico Psiquiatra Jubilado

Democracia en fárfula

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Se me ha ocurrido comparar a nuestra «joven democracia» con en esa telilla membranosa delgadita que recubre la cáscara del huevo sin hacer (en mi infancia decíamos que el huevo «estaba en fárfula») para indicar lo frágil que ese huevo, esa democracia, metafóricamente hablando, puede resultar ante los ataques. De ahí la gran diferencia que existe entre una democracia «en ciernes» y una democracia «consolidada». Ambas, ateniéndose a la etimología del término, se definen como «el poder del pueblo». Una de las diferencias entre una y otra es que la primera, joven y entusiasta, se fija más en lo ideal y esperanzador de su recorrido, mientras que la otra, más propia de la experiencia, ha buscado corregir, en la medida de lo posible, tanto las imperfecciones propias de la inmadurez como las tendencias antidemocráticas de los que, precisamente, la representan. Ahí es nada, los representantes, los elegidos por el pueblo y en quienes éste deposita el poder del mismo.

Nuestra democracia nació en unas condiciones nada fáciles, dados los frentismos existentes en la gestación de la misma y tras la historia reciente tan convulsa. Y como era de esperar, el parto no es que fuera prematuro, pero sí que fue complicado. Llevados por la ilusión y aplicando aquello de que «to er mundo é güeno», se procedió a echar pelillos a la mar, a olvidarse de que, en lenguaje paladino, había mucho hijo de mala madre suelto por doquier. Así nacieron pactos condescendientes, ambiguos, e incluso contra natura. Cuando se siembra cizaña no se puede esperar que no afecte al trigo. Ni cuando se mete al zorro en el corral cabe esperar que cuide de las gallinas.

Pero volviendo al punto esencial de la delegación de la soberanía popular en sus representantes, a quienes se les blinda prácticamente su proceder, creyéndose más o menos impunes en sus acciones, levitando sobre los simples mortales, y luego pasa lo que pasa; y es que pueden olvidarse de que han sido elegidos para defender y gobernar al pueblo y no para aprovecharse de él con la aquiescencia bobalicona o pasividad del mismo. En el caso que nos ocupa parece impensable que, en una democracia mínimamente establecida, se haya tolerado y se siga tolerando el abuso del poder, así como los incumplimientos flagrantes, no solo éticos y estéticos, de un gobierno apodado Frankenstein, con todo lo que eso supone.

Algunos insistirán en que es tan legítimo un gobierno Frankenstein (monstruoso) como un gobierno seráfico. No les niego la legitimidad, o mejor la legalidad del mismo; simplemente me pregunto hasta dónde la democracia está dispuesta a admitir y tolerar las mentiras más evidentes, los incumplimientos de la ley y la manipulación más desvergonzada de las instituciones democráticas.

Así es como un presidente se permite menospreciar al oponente, jactarse con su chulería de tres al cuarto, amparado y protegido por una camarilla advenediza y chupóptera. Un presidente que no muestra empatía alguna (auténtica, no artificial y falsa), que tiene poses y maneras de matón de barrio a quien le sobra narcisismo y le falta el auténtico valor (en realidad es un cobarde), jactándose con la oquedad de su discurso presuntuoso y falaz.

A estas alturas y con la que está cayendo, entre otras cosas con la barbaridad de lo que está aconteciendo en Ceuta, se atreve a presumir de la respuesta que ha dado al respecto, a todas luces evasiva y mentirosa, aunque muy acertada según él, el muy felón. Está convencido que empleando unos mecanismos de negación de la responsabilidad de su propia autoría y proyección de la misma en los demás, el asunto está resuelto. Y no contento con tal despropósito, se atreve a augurar que volverá a ganar en la próxima convocatoria electoral. Lo de «volver a ganar», no les quepa la menor duda, es un aviso a navegantes. No es solo una afirmación jactanciosa o bravucona. Es una forma de indicar que ya está preparando la forma y manera del cómo está dispuesto a ganarlas. Él sabe muy bien que la mayoría social es una cosa y otra, muy diferente, la mayoría parlamentaria, que en su caso no precisa ni de compromisos previos ni del cumplimiento de sus promesas y compromisos electorales. ¿Estará pensando en el pucherazo o en cuantas artimañas hagan falta para intentar lograr su objetivo, incluidas las denominadas leyes de nietos, biznietos, tataranietos y demás parentela, amén de la inserción interesada de los inmigrantes?

Y no para ahí la cosa. Anuncia, con un menosprecio y un descaro incomprensible, en la línea del regocijo perverso hacia el respetable y hacia el jefe de la oposición, que cuenta para ello con el servicio impagable de Rodríguez Zapatero, un sujeto simplón y bobalicón en apariencia, a quien en muchas ocasiones parece faltarle un hervor, pero maniobrero y cizañoso donde les haya, y que precisamente en estos momentos está a los pies de los caballos. Pues bien, a él le da igual, tal es la convicción que tiene de que puede decir y hacer lo que le venga en gana, y no pasa nada en este momento evolutivo de nuestra democracia un tanto buenista y atontolinada.

Él practica aquello de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, redondeando el dicho añadiendo que «empieza y acaba» en uno mismo. Vamos, lo de Juan Palomo, «yo me lo guiso y yo me lo como». Es lo que acontece en personalidades con una gran carga sociopática y narcisista. Eso ocurre, remedando a un gran humorista, «por el ansia viva» de gobernar en beneficio de uno mismo, no del otro, del pueblo. A este último se le seduce o se le engaña como a un pardillo.

El poder me permite esas cosas, parece decirse. Y ya se sabe, según la frase de aquel lord británico de hace siglo y medio, que «el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente». Y si ya le viene de lejos la tendencia…Y todo ello, insisto, lo dice con un regocijo morboso que le acerca al desparrame. Solo a veces le traiciona el subconsciente con miradas perdidas y contracturas de los músculos maseteros (lo cual pone de manifiesto los fallos y la fragilidad de su estructura).

Acabo este artículo con una reflexión precisamente sobre el futuro de la democracia española. Creo, o al menos así lo deseo y espero, que la experiencia traumática que venimos sufriendo a manos de la banda (y también la sufrida anteriormente, que no conviene olvidarse de ello tampoco), nos permita aprender de los errores y fallos estructurales de nuestro sistema democrático y así corregirlos de forma sosegada y adulta. No pienso que sea fácil, pero sí absolutamente necesario. De lo contrario seguiremos quejándonos del posible abuso de los representantes del pueblo que saben muy bien cómo desenvolverse, al margen de la justicia y de la ética, en esas aguas procelosas en las que el arte de la buena política puede convertirse en la ratería de la misma. Ahora bien, si prefieres, sin embargo, moverte en la dinámica sado-masoquista sigue por el mismo camino y alcanzarás, seguro, el objetivo.

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