Don Zapatustra, el tenebroso
Bajo el palio de una sonrisa de Walt Disney que el tiempo ha revelado como la mueca del liquidador, se alzó en la vida pública española una figura cuya sombra aún alarga sus dedos sobre el presente. Llamémosle Don Zapatustra, el tenebroso, un taumaturgo de la discordia que ascendió desde la penumbra de las callejuelas de León para inocular en el cuerpo social de la nación el virus de la fragmentación. Su historia no es la del estadista que construye sobre la roca de los consensos, sino la del artífice que, con paciencia de orfebre y un lirismo discursivo de calculada vacuidad, desarticuló los cimientos de la convivencia española.
El inicio de su andadura política ya estuvo preñado de la anomalía que marcaría todo su destino. No fue el refrendo unánime del mérito lo que lo aupó, sino la carambola orgánica y el sutil manejo de los hilos en la sombra. Primero, en aquella secretaría provincial de León donde se fraguaron las primeras lealtades de un provincianismo rancio; después, en aquel congreso nacional del PSOE del año 2000, donde un giro inesperado —un puñado de votos providenciales nacidos de la intriga interna y el pacto de pasillo— descabalgó a los favoritos para situar en la cúspide a un perfecto desconocido. Una audacia conspirativa que culminaría en su llegada al Gobierno de España en 2004, cabalgando sobre el trauma y la conmoción de unas jornadas trágicas que alteraron el rumbo de la historia, permitiéndole presentarse no como el líder sereno que la hora exigía, sino como el heraldo de una nueva era construida sobre el desconcierto general. Dos legislaturas bastaron para que el idilio manufacturado se trocara en una pesadilla. El balance de su gestión se escribe con las letras de la irresponsabilidad histórica. Fue él quien abrió las compuertas del apaciguamiento frente a la banda terrorista ETA, legitimando interlocuciones que envilecieron al Estado de derecho a cambio de una paz con precio político cuyos frutos envenenados aún hoy cosechamos. Fue él quien, con una ligereza imperdonable, prometió asumir cualquier Estatuto que emanara de Cataluña, encendiendo irresponsablemente la mecha de un desafío soberanista que resquebrajó la integridad nacional. Su política económica, teñida de una incompetencia rayana en el sabotaje, dilapidó la riqueza nacional: bajo su mandato se malvendieron las reservas de oro del Banco de España en el peor momento histórico, se incubó y negó sistemáticamente una catastrófica burbuja de la vivienda que devoró el futuro de una generación, y se pretendió camuflar la indigencia de ideas con el despilfarro estéril del «Plan E» —aquella colosal simulación de obra pública que solo dejó zanjas abiertas y deudas perpetuas—. No contento con el desastre material, Zapatustra extendió su mano hacia el alma de los españoles: impuso una memoria histórica concebida no para reconciliar, sino para desenterrar trincheras y resucitar odios periclitados, al tiempo que articulaba leyes de violencia de género basadas en una asimetría penal que quebró el principio constitucional de presunción de inocencia. Pero el tiempo, ese juez implacable que desviste a los falsos mesías, ha terminado por rasgar el velo de su supuesta bonhomía. Hoy asistimos al crepúsculo de sus andanzas, envueltas ya no en la retórica de la paz, sino en el fango de la sospecha criminal. Aquel que se decía adalid de las causas nobles comparece ahora ante el tribunal de la opinión pública —y en el horizonte de la imputación judicial— cercado por las sombras de actividades ilícitas que lo vinculan como lobista y valedor de las peores autocracias del otro lado del Atlántico. Las mediaciones bajo sospecha, los flujos financieros de regímenes liberticidas y los negocios oscuros desvelan por fin la verdadera naturaleza de su misticismo político: un lucrativo ejercicio de influencia internacional. ¿De dónde nace esta pulsión destructora y codiciosa? Para entender al personaje es preciso descender a los abismos de su psicología. En el núcleo de su ser habita un odio atávico y heredado, un resentimiento familiar destilado contra la dictadura franquista que él decidió proyectar, décadas después, sobre la España democrática, como si la Transición hubiera sido una farsa y el presente exigiera una venganza retrospectiva. Sobre esa herida íntima sembró una ideología marxista y anticapitalista, feroz en su dogmatismo íntimo, pero fingidamente socialdemócrata ante el electorado. Esta simulación le otorgó el salvoconducto perfecto para influenciar, falsificar y defraudar las expectativas de todo un país. Bajo el disfraz del idealista de salón se escondía, en verdad, el amoral pragmático. Zapatustra ha delinquido contra la confianza pública violando las reglas más básicas del sistema de libre mercado que decía defender, utilizándolo para el beneficio económico personal y la obtención de prebendas. Carente de escrúpulos éticos o morales, su aparente desprendimiento no era más que la antesala de una avaricia crematística muy concreta: la del pequeño propietario, esa codicia menuda, mezquina y acumulativa tan propia de cierta clase media provinciana que mide su éxito en el medro personal y el blindaje de su estatus. Zapatustra, el tenebroso, queda así expuesto ante la historia: el hombre que prometió la arcadia y solo dejó tras de sí la ruina material, la quiebra moral y el eco persistente de su propia e inconmensurable traición.