Diario de León
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Fernando Ónega
León

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El partido no abandonó al fundador. La Convención del PP ha sido la Convención de Galicia y, personalmente, de don Manuel Fraga. De Galicia, porque estuvo en todos los discursos, como muestra del pánico que el Prestige ha creado en el Gobierno. Aznar se ha propuesto que el chapapote no sea su tumba política, y a eso dedica todo su esfuerzo. De Fraga, porque su fuerza política ha querido transformar en cariño lo que durante dos meses han sido disgustos. De esta forma, don Manuel ha recibido los mayores piropos y los aplausos más largos. Ha sido el auténtico triunfador de la asamblea. Vista desde fuera, la «entronización» de Fraga puede ser una parte más de la operación de lavado de imagen del Partido Popular. Si había que retomar la iniciativa política, había que empezar por lavar la imagen del líder más perjudicado. Y hay que decir que, en el caso del Presidente gallego, se ha conseguido. Para muchos observadores, hasta el domingo era un hombre en retirada, con un equipo dividido, que, además, ese día confesaba algo que sonaba a despedida: «Espero y pido a Dios no dejar en herencia una derrota electoral». Desde el domingo es un hombre con vida política por delante y, además, arropado por el poder central. Visto desde dentro, el PP ha querido hacer justicia a su fundador. Sabía que ha vivido uno de los momentos más amargos de su vida. Le dolía que este hombre pueda pasar a la historia como un fracasado después del volumen de sus servicios y una biografía tan densa. Y acudió en su ayuda. Le rindió el homenaje que le debía. Y el próximo viernes estará todo el Consejo en A Coruña para completar el fervor con actuaciones de gobierno. Aznar accede así a la anterior petición de Fraga: una actuación generosa para permitirle retirarse con dignidad. Personalmente, lo celebro. Por una vez, la política muestra su rostro más humano. Y si el PP no es justo con Fraga, ¿quién lo podrá ser?

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