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León

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INCLUSO en la llamada sociedad de bienestar no se vive igual de bien en todas partes. Hay comunidades autonómicas en las que sus pobladores, unos con otros, doblan la renta per cápita de los de otras autonomías, no menos comunitarias. ¿Cómo se mide el índice de bienestar? Dicen que nada tiene que ver con la felicidad subjetiva, pero eso no está tan claro. El único hombre feliz que no tenía camisa era Tarzán y eso antes de conocer a Jane. El Anuario Social de España 2003, que es un espléndido trabajo realizado por la Fundación La Caixa, ha investigado muchas cosas, desde los servicios sanitarios, el nivel de vida y la calidad del empleo, hasta la oferta cultural y la seguridad ciudadana, pasando por las condiciones de trabajo y las tasas de paro. Las provincias agraciadas han sido Barcelona, Gerona, Madrid y Navarra. Las capitales españolas donde peor se vive son Cuenca, Zamora, Orense y Huelva, según los detectives del bienestar. Se ha venido diciendo eso de que España es diferente y ahora lo es incluso a ella misma, pero los desniveles siempre han existido. Las regiones ricas nunca han sentado a su mesa a las pobres, ya que temían que se quedaran allí a vivir para siempre. Ni siquiera han compartido el agua sobrante de los ríos. La madre naturaleza es muy caprichosa y la naturaleza humana es muy egoísta, pero además, por muchas variantes que se analicen, nadie tiene la vara de medir la felicidad. Curiosamente, donde mejor lo pasa una persona adinerada es un sitio donde haya pobres: el servicio está baratísimo, los gorrillas que aparcan vehículos le llaman por su nombre y las camareras gritan con más fuerza eso de «¡Gracias, al bote!». Coinciden estas meritorias pesquisas con la lúgubre predicción del director general de Acción contra el Hambre, que anuncia su reaparición en los países ricos y desarrollados. No creamos que es un monopolio del Tercer Mundo. Ya hay mucho apetito insatisfecho en la Argentina y en lo que fue Unión Soviética, pero los índices de malestar también son difíciles de medir.

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