Publicado por
Carlos Antonio Bouza Pol, poeta
León

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Una estupidez de la ONU ha calado hondo en los medios de comunicación y amenaza convertirse en verdad indiscutible. Me refiero a la falacia de que España necesitará, en el 2050, tres millones de inmigrantes ¿Cómo habrán llegado a tal conclusión? Ahora, todo bicho viviente que disfruta de los Presupuestos Generales del Estado se muestra como predicador de la tolerancia, se olvida de la moderación, allana el camino a los empresarios, proclama soflamas como éstas: «En España sólo tenemos 1,3 millones de inmigrantes. Se necesitan muchos más para realizar los trabajos que los españoles rechazan aunque estén en el paro». Con esta guisa, ya marchan todos en la línea de lo que parece políticamente correcto, perfectamente de acuerdo, unidos por claros intereses económicos, pero disimulando, y queriendo moralizar con razones de solidaridad, fraternidad, justicia, pacifismo, progresismo humanitario, etcétera, etcétera. Tanto altruismo conmueve, pero asusta, porque seguimos siendo los pánfilos de occidente. Tan pánfilos que la «opinión publicada», -que es opinión censurada- marcha por caminos opuestos al sentir y pensar de la gente normal, de los trabajadores por cuenta ajena en el sector privado que, demostrando mejor juicio y más sentido común, no tienen tanto entusiasmo. Algunos intelectuales se acobardan y callan, otros salen a los medios diciendo auténticas majaderías: «Los españoles también fuimos pobres y emigramos por América y Europa». Tanta simpleza, tanta ignorancia, tanta ceguera para distinguir ámbitos geográficos y circunstancias históricas, incomparables, llega a cotas altísimas de cretinismo como en los casos de Juan Goytisolo y Vázquez Montalbán que, dándoselas de universalistas genuinos y geniales, el uno es proislamista recalcitrante cuán moro muza, y el otro, es comunista, nacionalista catalán, republicano, y fundamentalista del Barcelona. ¿Por qué necesitaremos tres millones de inmigrantes en el 2050 y no dos o siete o nueve en el 2010, en el 2021 ó en el 2043?, pues, simplemente, porque unos supuestos expertos de la ONU, demasiado ociosos, quisieron justificar de alguna manera sus enormes sueldos y nada mejor que deslumbrar con estimaciones a tan largo plazo. Parece que los «profetas» ya no son patrimonio exclusivo de las religiones sino también de la ONU que, siendo incapaz de prever, con cierta garantía, lo que pueda pasar pasado mañana, no duda sin embargo en vaticinar el futuro transcurrir de 50 años, pues conoce y domina a la perfección los flujos migratorios, las tasas de natalidad, las defunciones y un sinfín de circunstancias difícilmente cuantificables. Deberíamos tomar con mucha cautela las «opiniones autorizadas» y la «voz de los expertos», porque casi nunca llegan vírgenes sino mediatizadas y desvirtuadas por intereses bastardos. La inmigración es un peligro real, un gran riesgo al que hay que enfrentarse con rigor y seriedad pragmática, para no lamentarnos cuando ya sea demasiado tarde. Hay que huir de especulaciones baratas sobre supuestos racismos, xenofobias e intolerancias que tanto se prestan a la demagogia y al disparate. Debemos analizar con esmero la cuenta de resultados y el balance de la gran empresa colectiva que es España. Un director financiero, un buen contable, tiene que saber valorar todos y cada uno de los elementos patrimoniales, incluso los intangibles, y obtener así un saldo, positivo o negativo, que no nos lleve a engaño ¿Merece la pena la inmigración? ¿Es una inversión de futuro? ¿No será demasiado riesgo para tan poco beneficio? Son preguntas que deberían responderse con sinceridad porque es muy difícil creer que esta democracia española, más formal que real, que tanto esfuerzo nos está costando, vaya a mejorar con la incorporación de una gran masa de inmigrantes, mayoritariamente impermeables y refractarios. ¿Somos tan ingenuos, tan miserablemente falsos, hipócritas e irresponsables que pretendemos hacer creer a los demás y autoconvencernos de que queremos y podremos «integrar» a toda esa gente? La integración es, en el mejor de los casos, un larguísimo proceso que produce enormes pérdidas sociales, que deja secuelas. Los gitanos llevan en España bastante tiempo, antes que Cervantes escribiera La Gitanilla, (¿obra xenófoba y racista a tope vista con los ojos de hoy?) y no parecen muy integrados. La «integración» es, en cierto modo, una cantinela boba porque nadie se va a integrar si no quiere y, además, tiene todo el derecho a no hacerlo, e incluso a exigir al Estado respeto y apoyo para mantener y difundir la cultura y la costumbre que le hace diferente. ¿A esto se le llama «factor enriquecedor» de España? Una cosa es la diversidad y la pluralidad entendidas como efecto y consecuencia de la libertad y del libre albedrío del individuo, y otra bien distinta es la proliferación y tolerancia de formas de vida que chocan frontalmente «con lo que se lleva por aquí» y que inevitablemente acabarán formando espacios estancos en guetos de marginalidad y conflictividad permanentes. Murcia, por ejemplo, con 11.317 kilómeros cuadrados. de superficie, es 4.151 kilómetros más pequeña que León. Sin embargo, su población es 2,5 veces mayor que la nuestra, y su densidad casi nos triplica; y pretende seguir creciendo con el agua gratis del Ebro y la incorporación masiva de inmigrantes. No le llegan los 170.000 que ya tiene, más de la mitad ilegales y sin papeles, que suponen cerca del 15% del total de la población. Está claro que con agua gratis, clima cálido y seco, y mano de obra abundante y barata, la otra agricultura, la de la España húmeda y fría nada podrá hacer, salvo rebelarse. De esto se deduce que la inmigración supone un factor nuevo de desequilibrios regionales, sobre todo si los políticos siguen empeñados en mimar los graneros más grandes de votos y no promueven la creación de algún canon de compensación para las zonas demográficamente en vías de desertización. ¿Por qué les vamos a dar agua gratis si ellos nos cobran «el sol y el mar» todo lo caro que pueden? ¿Dónde está su solidaridad? La experiencia histórica dice claramente que la integración pacífica es prácticamente imposible, que la convivencia de las tres religiones monoteístas, cristiana, musulmana y judía, goza de buena prensa pero es falsa. España es el resultado de la mezcla de muchos pueblos y culturas, pero no hay que olvidar que su mestizaje proviene del imperio de la fuerza, de la imposición de unos grupos sobre otros, con sangre sudor y lágrimas, durante cientos de años. ¿Merecerá la pena tanto riesgo?

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