Guerra contra la guerra
A las doce del mediodía de ayer, hora del ángelus, los trabajadores pararon quince minutos, convocados por la Confederación Europea de Sindicatos, que suma 64 millones de afiliados en 36 países, dentro de la campaña «Guerra contra la guerra». El día antes, los estudiantes universitarios gritaron el «No a la guerra» y en actos políticos abiertos en las aulas, docentes o magnas, abuchearon a Aznar, a Ruiz-Gallardón, a Ana Botella, a Josep Piqué o a Pilar del Castillo. Y para hoy, un mes después de las movilizaciones mundiales, está previsto que los ciudadanos vuelvan a ser los reyes de la calle. Serán millones otra vez para defender la paz. Millones pidiéndole al Gobierno que luche para parar la guerra, no para hacerla. Dicen lo partidos de izquierda, los sindicatos, los universitarios, artistas, obispos, deportistas, gays o intelectuales, que las movilizaciones y la presión social son los que frenan las acciones erróneas de los gobiernos. Así fue en el «decretazo» e incluso en la crisis del «Prestige». Pero no ha dado resultado todavía para que el Gobierno popular cambie ni un tanto así su decidido apoyo a la guerra contra Irak. Aznar nos ha metido en el laberinto de la guerra desde el primer momento, aunque se canse de vocear que trabaja para la paz. Como todo está patas arriba en el Consejo de Seguridad de la ONU, ya nadie sabe nada. Si se votará o no la última resolución, si mañana mismo comenzará la cacería en los desiertos de Irak, si Francia vetará toda decisión que no avale la ONU, si Europa no está ya hecha unos zorros, o qué puede pasar en el inmediato futuro. La confusión se ha apoderado del mundo. Lo único que parece irreversible es que no habrá marcha atrás. La maquinaria y la tropa está preparada. El presidente pidió confianza en su Gobierno. Pero no se la hemos dado la inmensa mayoría de los españoles. Y Aznar, lejos de escuchar a los ciudadanos, en un ejercicio de sordera pleno, mantiene la desinformación y sus planes bélicos. Está sólo en el Congreso. Y en la calle. Perdida la calle, sólo le ha quedado el reproche, con diana permanente en el líder de la oposición, Rodríguez Zapatero. Azar le acusa de populismo, demagogia, de afición desmedida a la calle y a las pancartas. Ha sido su salida recurrente, escuchada por Zapatero sin inmutarse, como si fuera una figura de cera sentada en la Cámara. Mientras hoy el trío de halcones -Bush, Blair y Aznar- planifica en el paraíso de las Azores la nueva estrategia, las calles de todas las capitales españolas serán, como el 15 de febrero, un clamor de «No a la guerra». Una guerra con tres «íes»: indecente, inmoral e injusta. Los mismos convocantes de hace un mes, entre ellos el Foro Social de León, piden que se acuda a la manifestación de hoy «por responsabilidad, por seguridad moral, por un orden internacional más justo, por respeto a la legalidad y porque somos más los que no queremos la guerra». Como hace un mes, volveré a pedir: «No a la guerra».