Diario de León
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VEO en el kiosco de prensa la película Matar un ruiseñor como oferta de una serie de clásicos. Es una película extraordinaria, con un mensaje muy actual. Un padre viudo intenta inculcar a sus hijos convicciones de tolerancia, pese a vivir en una sociedad de intolerantes. El acierto de la película, basado en una novela de Harper Lee, es que esa tolerancia se apoya en los pilares del amor al prójimo y del perdón. Valores difíciles de explicar en medio de una explosión de prejuicios como los que narra la película. El padre, -genial Gregory Peck-, representa al hombre que trata de ser superior a su circunstancia, que aspira a pensar por sí mismo y a que sus hijos no se dejen llevar por las apariencias. Matar un ruiseñor es una joya, digno ejemplo de un cine moral, que no moralizante. Un cine que casi parecía desterrado en la década de los noventa, y que ahora hay directores dispuestos a continuar, como en esa otra gran película llamada Camino de la perdición, donde un padre lucha porque su hijo no se convierta, como él, en un ganster. Miro a mi hijo pequeño y soy consciente de que los retos educativos que tengo con él son mayores que los que tuvimos con sus hermanos, ya encaminados, forjadores de sus propios caminos, aunque siempre necesitados de esa antorcha en la noche que es el amor incondicional. Miro a mi hijo pequeño y deseo que cuando sea adulto piense por sí mismo, que no sea hombre masa. Educar es una responsabilidad sagrada. Hay que aspirar a que ellos sean mejores que nosotros. Y no siempre hay respuestas a todas sus preguntas. Pero, al menos, que no haya silencios. Ser banal hoy es un atentado contra la Historia. Hablemos.

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