EN BLANCO
Santa capucha
EVIDENTEMENTE los cofrades no mandaron sus procesiones a luchar contra los elementos, pero es lo que ha ocurrido en una Semana Santa que, por desgracia, estuvo pasada por agua. Los más fatalistas suelen decir, con un tono premonitorio, que en León no hace falta sacar a los santos para que comience a llover, basta con anunciar una corrida de toros o un cortejo procesional. Y por esta vez han acertado, pues las procesiones fueron generosamente regadas por esa molesta lluvia que mancha tanto los recuerdos como las ilusiones colectivas. Hemos vivido días de Santa Capucha en una ciudad que ya hace tiempo está siempre gris, con las nubes pegadas encima. Aquel cielo de color azul-Sevilla que también era un poco nuestro ha pasado a la historia, sustituido por un firmamento pintado de barro sucio. Algunos expertos han llegado a relacionar los últimos derribos producidos en los edificios históricos de León con esas mantas de agua que parecen idóneas para reflotar el arca de Noé. El único consuelo que nos queda es que a otros les ha ido bastante peor. En Colombia, ese lugar donde tiras una piedra y el suelo te devuelve una fruta sabrosa, han celebrado la Semana Santa a lo bravo. Si en Cartagena multaron al penitente que hacía el papel de Jesús en la procesión de Ramos, dado que entraba en la ciudad montado en una moto y sin casco, los terroristas dispararon contra el cortejo de Viernes Santo en la localidad de Dolores, causando tres muertos. Tal como están las cosas, se diría que los locos han comenzado a dirigir el manicomio.