Pero ¿quién canta?
He hecho un cursillo acelerado de concienciación y me he puesto muy seria con lo de las elecciones a prócer local. Y he caído sin remedio en la trampa de la ley de Anderson, aquella que dice que no existe ningún problema, por complicado que sea, que cuando uno medita seriamente sobre él no se complique aún más. Peor estoy desde que leí que en las elecciones nos mean encima y hay que decir que está lloviendo. La cosa era en Argentina, pero no hay por aquí pocos tangueros boludos, así que me aplico el cuento. Me da miedo elegir, dicen que si cambias de opinión dos veces te estás equivocando tres, y me desazona el chiste que decía que en los pasados comicios votó nulo, y ganó. Me siento identificada. Me abruman tantos discursos en el aire (y viceversa) y tanta peña que quiere entrar a cualquier precio (alto en cualquier caso, que los procesos electorales cuestan un riñón) donde están otros que no quieren salir ni a tiros. Tan enloquecido anda el gallinero que a puntito estoy de alquilarle a Michael Jackson su burbuja de conservación, más por un segundo de paz que por blanquear. Mientras, nuevos elementos distorsionadores se unen a mi desconcierto. EE.UU. vota a José María de España, «du puants». Pero ¿este año no iba a Eurovisión Beth? Jo, ahora que ya distinguía a Bisbal de Bustamante y que sé que los triunfitos no son una merienda bañada en chocolate de colesterol me sale un nuevo concursante. Y encima, para mantener el agravio histórico, han votado primero a Blair, que representa a «guaiomini». Pobre Rosa de España, la del año pasado, si ella hubiera contado con el apoyo de una superpotencia... Al final no me aclaro si Bush quiere que Ánsar se haga rastas o si está dotando de monarquía a la república que proclamó su hermano Jeff recientemente. Tengo un lío que no sé si hacerme el haraquiri o, ya abocados a la perdición, convertirme en seguidora de la isla de los famosos. ¡Cristo bendito de los Faroles, qué sinvivir!