Diario de León
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León

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A sociedad española tiene una forma muy peculiar de ser coherente. Si por un lado se moviliza contra decisiones o indecisiones del Gobierno -guerra de Irak: decisión; tratamiento del chapapote: indecisión-, por otro reparte dosis de felicidad entre todas las fuerzas políticas aplazando en las urnas premios y castigos, o renunciando a ellos. A la luz de las cifras, el PP sufre un castigo tan moderado que más bien parece un refrendo. El presidente del Gobierno deja así a su sucesor el campo bien abonado de votos, los suficientes para que no tenga que enmendar desvíos electorales que el propio Aznar se habría encargado de detener. Pero a la luz de la catástrofe del Prestige, de la fotografía de las Azores, de la huelga general del 20-J, del decretazo inicialmente impuesto y después retirado, y de la acritud de Aznar contra sus adversarios políticos, los resultados del 25-M indicarían que el PP no sólo ha salvado los muebles sino que tiene bien amueblada su mansión. El presidente podrá seguir controlando su proceso sucesorio desde una autoridad en el PP que se habría visto fortalecida. Dadas las circunstancias en que afrontó el Gobierno la campaña electoral, el éxito de Zapatero habría sido menor. El éxito indudable del líder socialista es el de haber llevado a su partido, eficazmente renovado, a superar en más de 200.000 votos al PP por primera vez en diez años, pero su relativo fracaso habría sido el de no haber logrado obtenido beneficios sustanciales de los aspectos más negativos de algunas políticas de Aznar. A la gente no le ha asustado que Aznar insistiese machaconamente en el extremismo-radicalismo de la coalición Llamazares-Zapatero, pero tampoco ha penalizado esa siembra de infundados peligros. La derecha, muy movilizada en estas elecciones, no se siente incómoda por el estilo a veces abrupto e hiriente de Aznar. Con vistas a las elecciones generales del 2004, el estilo no parece una cuestión fundamental. Y queda Ruiz-Gallardón, nuevo alcalde de Madrid, exhibiendo su amplia mayoría absoluta ante la dirección de su partido como el botín normal que está habituado a obtener en todas las confrontaciones electorales. En cierto sentido, Gallardón no sería uno más de los delfines de Aznar sino la alternativa más sólida del PP a la Presidencia del Gobierno de la nación. Esa alternativa quedaría embalsada por ahora, y tal vez no entre en acción hasta las elecciones del 2008, saltando sobre las del 2004, si siguiera respetándose la duración máxima de las legislaturas. Gallardón ha sido el 25-M una carta de Aznar; a partir de ahora será la esperanza mejor fundamentada de la derecha, o del centro-derecha.

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