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VICENTE PUEYO
León

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SE LES PUEDE dispersar con agua a presión o con gases lacrimógenos. O contemplarlos, desde la altura de una corbata italiana de seda, con una mezcla de conmiseración y exquisita tolerancia made in Cambridge, pero ahí están. Son las moscas cojoneras del siglo XXI. Son los antiglobalización, los altermundialistas, los evolucionarios. Cargan con los lastres más insoportables para cualquier mente cabal y de orden pero sobre todo, con una espeluznante y desnortada vocación por la utopía. ¡Aún creen que un mundo nuevo es posible! Ni Al Qaeda lleva en sus entrañas una carga tan letal y destructiva. Porque, al fin y al cabo, el fundamentalismo es un virus externo que, una vez detectado, permite aplicar la terapia adecuada. Pero este virus corroe desde dentro; se alimenta, disfruta, y aun se solaza, del sistema en el que vive y luego le escupe en el rostro y le expresa su desprecio más absoluto. Se explica que los grandes jefes del mundo, encuadrados en lo que se denomina el G-8, hayan escogido Evian y sus balnearios para esta nueva cumbre. Y es que no es fácil asimilar estas contradicciones. Con masaje, relax y agua termal se sobrellevan mejor. «Ellos son ocho, nosotros millares», clamaban con desparpajo los carteles repartidos por todos los caminos que conducen a ese enclave alpino situado a mitad de camino entre Francia y Suiza. Hasta Evian y hasta Ginebra llegó una corriente humana en la que se mezclaban desde simples simpatizantes del movimiento antiglobalización hasta militantes de partidos políticos y de sindicatos, pasando por miembros de oenegés y por los colectivos anarquistas, auténtica alegría de la huerta que a veces se pasan siete pueblos lo que viene de perlas a los jefes del G-8 para arremeter contra ese movimiento en su conjunto con la intención de desacreditarlo. Pero ya no vale de nada tomar el rábano por las hojas. Será responsabilidad de los poderosos del mundo cerrar los ojos ante esa marea de gentes preparadas y difícilmente manipulables, gentes fundamentalmente dinámicas y solidarias que aún creen que el hombre debe quedar por encima de las superestructuras, de las multinacionales, de la rapiña consentida. «No tenemos más que una o dos generaciones para cambiar las cosas» comentaba un joven antiglobalizador británico. Quizá tenga razón. No es fácil conseguir reunir esas dosis de energía en torno a unos mismos objetivos. Otro mundo debe ser posible. Ojalá Evian sea un escalón en ese largo camino.

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