Publicado por
J.F. PEREZ CHENCHO
León

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HUBO un instante que creí que en los tendidos de la Plaza del Parque se habían instalado mariposas gigantes. No dejaban de mover sus alas. Y como de repente, sonó la música y se hizo el clamor. Eran los abanicos ahuyentando el bochorno. Ni un solo espectador se cree lo del aire acondicionado; es tan débil que sólo refrigera la oficina del propietario. El público, además de asistir a la escenificación del drama de sangre y arena, se mortificó durante tres horas justas, tiempo que duró el espectáculo taurino. Un espectáculo atípico, raro y cabreante, con nueve toros sobre la arena, tres de los cuales fueron devueltos a los corrales por mansos y lisiados. Entre gandules anda el juego: ganaderos, empresarios, apoderados y la corte de pícaros que rodea al mundo del toro. Ni siquiera ayer se salvó el toro. Quizá lo percibió la afición, y aunque el cartel era de lujo -César Rincón, Joselito y Enrique Ponce- sólo se cubrió la mitad del aforo. La tercera corrida de la feria leonesa tuvo un inicio feliz: César Rincón, colombiano, cortó una oreja. No sé si por méritos o por generosidad del público. Eso lo juzgará nuestra crítica taurina, María Jesús Muñiz. Yo de cuernos no sé nada. Rincón, tras la vuelta al ruedo, se retiró al callejón con un brazado de rosas. Mandó llevarlas a la capilla de la plaza. El rito no se estila sólo en la tierra de María Santísima, sino también en la Colombia supersticiosa y profunda. Acto seguido actuó Joselito, muy querido en León. No en vano aprendió a dar los primeros pasos, las primeras letras y los primeros rezos en San Cayetano. Después lo llevaron a Madrid y se hizo matador en las escuelas taurinas municipales que se sacó de la manga el viejo profesor Tierno Galván. Por eso le llamaron, durante un tiempo, el «torero del PSOE». Le tocó en suerte un manso e inválido que fue devuelto a los corrales. El sobrero fue igual que el anterior: malo de solemnidad. Sin embargo, tuvo el honor de morir en la arena, no en el degolladero. Joselito perdió la sonrisa y hasta abroncó a su mozo de espadas tras el primer pinchazo. Enmendó la tarde en el otro morlaco y cortó una oreja tras soberbio «goyetazo». Antes de que el clarín llamase a combate al tercer diestro, Enrique Ponce, recibió una ovación larga y apretada. Fue algo así como recordarle, un año después, que no se habían olvidado de su gran faena y de la gravísima cogida que sufrió en el mismo escenario. Al maestro de Chiva también le soltaron un inválido. Al matadero. El sobrero, berrendo, así lo bautiza el rico lenguaje taurino, y en mi pueblo dirían que era rabilo, fue igual. Pero Ponce lo llevó a su terreno y le cortó las dos orejas. El ganadero tendría que poner a este torero en nómina. Hizo lo mismo en el último, un manso solemne al que le arrancó hasta dos bellísimos pases llamados «cartucho del pescao». Cuando hay un gran maestro hasta los alumnos torpes aprueban. Total: que las tres horas de espectáculo taurino y de sudadas, no le quitaron a uno las ganas de volver, pero sí es para pensárselo dos veces. Al público taurino se le denomina «el respetable». Los gandules lo han olvidado. Yo a mis lectores si les pido perdón por esta faena de aliño.

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