Diario de León
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LUIS DEL VAL
León

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CUANDO un político de derechas no tiene nada que decir respecto a sus proyectos, dice que son «serios». Y, cuando un político de izquierdas se encuentra en parecida situación, recurre a los términos «progresista» y «moderno». Estas palabras parecen poseer poder taumatúrgico, una especie de polvos de la madre Celestina y del padre Cucharón que convierte a cualquier vacuo en un tipo repleto de ideas. Cuando los conservadores pronuncian con firme prosopopeya la palabra «seriedad», ¿a qué seriedad se refieren? Serias son las empresas de pompas fúnebres, las tormentas de pedrisco, las inundaciones, los accidentes aéreos y los burros, por no poner más ejemplos. Los burros siempre han sido animales muy serios. Hubo una burra que hablaba, pero no existen referencias fehacientes de un burro que contara un chiste o se riera a carcajadas tras escuchar alguno. También son serios los asesinatos, tanto en su versión de parricidios como cometidos con personas sin vínculo familiar. Pero si despistante es desentrañar lo que significa «serio» para un político conservador, no menos abstruso es saber que quiere decir lo de «progresista y moderno». En los años 20 del pasado siglo eran muy progresistas las mujeres que fumaban en público, incluso algo más que las sufragistas. Y moderno, lo que se dice moderno, era el comunismo en el primer y segundo decenio del siglo pasado. O el nacional socialismo en el decenio de los 30. Eso era lo más. Moderno de la muerte, que diría un tonto moderno contemporáneo. Una de las consecuencias más inmediatas de la falta de ideas es el recurso a la retórica. Conservamos la ideologías, pero sin ninguna aportación nueva y, ante el vértigo que produce el vacío, nos aferramos a las palabras como si estas fueran a salvarnos. Además, para pronunciar palabras no hacen falta ni estudios, ni reflexiones, ni caer en la perniciosa manía de pensar. Basta decir «serio» o «progresista», los abracadabras de nuestro tiempo.

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