EN BLANCO
La trampa
EL PROYECTO separatista del Partido Nacionalista Vasco tiene, como se decía antes, más trampas que una película de chinos: dice ser un proyecto de convivencia «entre vascos y españoles», pero al partir de la base de que los vascos no son españoles (es conmovedor eso de la nacionalidad española «compatible» con la vasca) neutraliza cualquier posibilidad no ya de progresar por ahí, sino de empezar siquiera a dialogar. Dice respetar la Constitución, pero es patente que la Constitución salta en ese papel hecha pedacitos en puntos cruciales e innegociables, al menos mientras los españoles creamos saber quiénes somos. Dice basarse en un imaginario derecho de autodeterminación, que aprobó el Parlamento autonómico en 1990, o sea, ellos: pues vaya soporte legal. Etcétera, etcétera. Pero la trampa, la de fondo y de verdad -aun siendo las demás también de fondo y de verdad-, es la del proceso que los nacionalistas del PNV pretenden poner en marcha: ¿Qué pasaría si se iniciasen los trámites constitucionales y legales para sustituir el actual Estatuto de Autonomía vasco por ese papel, y no se llegase a un acuerdo? Lo que pasaría sería que los dirigentes nacionalistas lo echarían a andar por su cuenta. O sea, que ni respeto a la Constitución, ni a la legalidad, ni a nada de nada. A lo que más se parece este proyecto es a una pura provocación. Esa es la trampa: no quieren dialogar, ni negociar, ni nada parecido; quieren provocar. Cabe preguntarse, así las cosas, por qué el PNV ha elegido este camino. Yo sólo encuentro una respuesta lógica: porque en el PNV calculan que el Estado está débil, y que llevando las cosas al límite no se atreverá a imponer el cumplimiento de la Ley y la Constitución por la fuerza. La cuestión es si están equivocados en esta apreciación o si llevan razón.