Diario de León
Publicado por
LEONOR MERINO
León

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ENTRE la vida y la escritura no hay separación alguna. La escritura es un acto de vida, y la vida se despliega en la escritura, al igual que los paisajes, la sucesión de las estaciones, el crecimiento exuberante de los niños, la belleza de los jóvenes, el acabamiento lento de los viejos, o al igual que el hecho simple de comer, el hecho sublime de hacer el amor, el hecho explosivo de reír o de llorar. No sentiría placer alguno por extraerme del mundo, de ese movimiento de la vida para reproducir lo real o incluso para interpretarlo. Porque el escritor, tal y como lo concibo, no es en absoluto un exégeta, es un creador, un inventor, un constructor, que escribe no sólo para interpretar lo real sino para construirlo. Cuando se sitúa ante el papel y va escribiendo con tinta negra sobre blanco -balanceando al mismo tiempo la mano y el cuerpo-, o cuando se sitúa ante la máquina de escribir o ante el ordenador -y el tecleo acompaña al ritmo de pensamiento-, no sabe muy bien lo que puede llegar a ocurrir, ni lo que puede llegar a tomar forma. Lo que sí sabe -tal vez por experiencia- es que se sentirá plenamente vivo mientras escribe. ¿De dónde le llegará ese sentimiento de plenitud? Creo que de la escritura, del trabajo sobre las palabras y en las palabras. En realidad, avanzando sobre las palabras, restregándose con los obstáculos, confrontándose al mundo, es cuando la lengua adquiere un cierto temple y se fortifica hasta el punto de convertirse en lenguaje. Se diría que el escritor, en el fondo, escribe por ver a la lengua encarnarse, humanizarse, clarificarse, erizarse, someterse, y también equivocarse de palabra, anularse, traicionarse, sembrar la duda, recobrarse, recuperarse, sorprender, sorprenderse, y aprender, dejando ver lo que no dice y diciendo lo que no sabe. Porque pienso que no importa en el poeta lo que sienta, sino cómo lo cuenta, puesto que, muchas veces, quien eso escribe no lo vive. Creo que, desde siempre, el escritor o la escritora deben de estar enamorados de las palabras. En realidad, todos deberíamos experimentar una inmensa gratitud, cuando comprobamos que al posar nuestros ojos en una palabra logramos descifrarla sin pena, o que cuando queremos expresar algo, al tomar un lápiz, volcamos lo que queríamos decir como si fuera tan natural como parpadear, bostezar, girar la cabeza o como mover la punta de los dedos gordos de los pies, si eso fuera lo que nos apeteciera hacer en un determinado momento. Por mi parte, estoy inmensamente agradecida porque existan las letras, las palabras, la lengua, las lenguas, y porque me hayan dado acceso a ellas. Porque puedo, a mi guisa, explorar las palabras, recorrerlas, y hasta repantigarme, largo tiempo, en alguna de ellas, sobre todo cuando con ellas voy formando frases. -Y, por el contrario, sufro cuando, al aprender una lengua, todavía mi pobre conocimiento no me alcanza para poder expresarme, para poder comunicarme. Y es que a veces olvidamos que, normalmente, desde los seis años sabemos leer y escribir. Ese día que ya no recordamos -en el que alguien tuvo la enorme generosidad y la paciencia también de enseñarnos a hacer que aparecieran las letras y con ellas las palabras y por fin la escritura-, debió de ser de una gran felicidad para nosotros. Debió de ser como el día -que tampoco recordamos-, en el que comenzamos a dar nuestros primeros pasos, titubeando, alzando los bracitos para encontrar el precario equilibrio, como lo hemos visto hacer en los niños pequeños a quienes sí hemos visto la satisfacción y la perplejidad reflejada en su rostro, cuando, pasito a pasito, llegan al lugar que querían ver o que querían descubrir. Ese día, en el que pudimos descifrar lo que decía la cartilla o un cuento, debió de ser, también, como la felicidad que se experimenta cuando con esfuerzo y empeño se consigue montar en bicicleta o en unos patines, y uno se siente rodando, atravesando el aire, en equilibrio sobre ese objeto extraño que es una bicicleta o unos patines. Y uno siente que el mundo nos pertenece, y que somos un poquito más libres. Así debió de ser el día que desciframos las palabras, la escritura. Es cierto que, en la actualidad, se utiliza con mucha frecuencia el ordenador en la escritura, pero aún quedan las cartas manuscritas, las notas apresuradas o detalladas, los apuntes en las clases, los exámenes... Luego, ¿no es maravilloso tomar un lápiz, apoyar su mina sobre el papel y ver que el «truco» de magia funciona una vez más? Es entonces, cuando aparecen unos pequeños dibujos -muy particulares para cada uno de nosotros-, que se van pegando unos a otros, que se disgregan, que se asocian libremente, disociándose también de otros, que algunos se parecen entre sí, aunque no dicen lo mismo, y que van formando un «paisaje» al que llamamos letras. Y luego, existe el fetichismo del lápiz o del bolígrafo, de la misma forma que existe el fetichismo del calzado, de la ropa interior o cualquier otro fetichismo. Hay, efectivamente, algo de preferencia y de orden obsesivo en esa necesidad de tomar, precisamente, «ese» lápiz o «ese» bolígrafo, de re-posarlo en el papel, de sentir de nuevo ese «escalofrío», de ver aparecer las letras, el movimiento de las palabras que llegan, que se fijan, que se exhiben, que se encadenan pero que, sin embargo, no se pueden encadenar totalmente ni de manera arbitraria. Y he aquí que aparece una coma o un punto, que intenta poner orden en todo, en esa masa y en ese vasto movimiento por aprehender las palabras que pueblan nuestro pensamiento. Y, mientras, nosotros, atrapados en toda esa malla, dudamos: ¿un adverbio? Desde luego aquí no, es preferible dos adverbios a uno, pero aquí..., no, más lejos, entre el sujeto y el verbo, ¿o entre el verbo y el complemento...? Y ahora: ¿punto y seguido? ¿Punto y aparte? ¿Aquí?, ¿Todavía no? ¿Más allá? Las palabras están ahí, esperando, para organizarse de una y mil maneras, proponiéndonos una construcción, un espacio, una estructura, que se somete a nuestra reflexión, a nuestra decisión. A medida que las palabras se organizan en la urdimbre de la sintaxis, toma forma toda una arquitectura. Arquitectura que, tal vez, rehusamos ver. La aventura sintáctica de indecisiones con puntos de certitudes, se convierte en estilística, estética, ética, se convierte en épica, en inventiva, se hace camino, recorrido, trayectoria, y amplio observatorio. El trabajo sobre las palabras abre perspectivas, crea una dimensión donde poder encontrar un lugar en el mundo, ofrece un espacio, una dimensión, lleva a puntos de vista sobre lo real. A partir de una sola oración todo se hace posible y todo ya no es posible. La visión de las cosas cambia, se agranda o se empequeñece en un movimiento contradictorio y complementario, y nosotros nos desplazamos también, nos movemos junto con lo que se mueve en la frase y en el párrafo, y llegamos, infaliblemente, a una nueva posición respecto al mundo.

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