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RAMÓN MARÍA ALLER
León

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PASAR DEL totalitarismo al imperio de la mafia, adornado con ribetes democráticos, parece el destino obligado de casi todas las dictaduras, ya se trate de Irak o de los países balcánicos, que siguen fielmente el ejemplo de Rusia, en donde no puede asegurarse la definitiva desaparición del comunismo, como tampoco cabe percibirla en los restantes países que en su día integraron la Unión Soviética y ni siquiera en sus satélites, engatusados hoy con los espejismos de la Unión Europea y de la Otan. De hecho, los comunistas, con nuevas denominaciones y no siempre lo suficientemente reconvertidos, consiguen a veces éxitos electorales importantes, pese a que las urnas nunca han sido la mayor fortaleza de totalitarismo alguno. Del comunismo ha quedado para la sociedad actual algo en el ambiente, como también permaneció vivo algo del fascismo. Ni los puños o brazos en alto ni las banderas rojas o las camisas negras constituyen la esencia de los totalitarismos, sino sencillos símbolos, elementos para alimentar la nostalgia de algunos, meras señas formales de una identidad cuyas raíces reciben el abono, por un lado, de las críticas a la globalización y, por otro, del rechazo más o menos generalizado al descaro que suscita la utilización por algunos del escudo de los derechos humanos cuando da la impresión de que, en el fondo, el único propósito que realmente persiguen es vulnerarlos. No puede esperarse, sin embargo, que vuelva el stalinismo y ni siquiera la apertura llevada a cabo por Gorbachov, del mismo modo que no habrá líderes que se vistan con uniforme de miliciano, aunque en algún caso pueda existir alguno que imite los gestos de sus predecesores, pero sin atreverse a más, por el momento, tal vez para no dar pistas sobre cuáles son sus auténticos objetivos finales.

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