EN BLANCO
Diez mandamientos
EL MÁS RABIOSO e irrazonable fundamentalismo cristiano tiene sojuzgados todos los ciudadanos de los Estados Unidos, desde ese tarugo a piñón fijo que es el presidente George W. Bush hasta un tal Roy Moore, presidente del Tribunal de Alabama por más señas. Un tipo más puro que la leche cuajada y que se define a sí mismo, ¡qué horror!, como «el juez de los Diez Mandamientos». Semejante galeote de la virtud, miembro por supuesto del Partido Republicano, mantiene una grotesca pendencia con las máximas autoridades judiciales, que han fallado en su contra, a propósito de un espantoso monolito que ha colocado frente a la sede de los tribunales en Montgomery, la capital del Estado. El peculiar y hortera monumento trata de ser un homenaje a los Diez Mandamientos, esa descomunal roca legislativa que carga sobre los hombres de la humanidad desde que al bueno de Moisés le dio por acercarse en peregrinación hasta el mar Rojo. La pureza prístina de la piedra recoge, según la versión del iluminado Moore, la ley de Dios con todo su magisterio moral, así que no está dispuesto a acatar la sentencia que le ordena retirar el espantajo y pagará diariamente cinco mil dólares de multa por desacato. Evidentemente el excéntrico juez Moore es un adicto al drama que precisa una urgente desintoxicación del «yo», pero refleja con toda crudeza una sociedad sin norte en la que se engaña y estafa al pueblo sobre los motivos de una guerra injusta en un país remoto, donde los intereses económicos de las multinacionales marcan las directrices políticas de la nación y, en fin, donde proliferan personajes que buscan pintorescos atajos hacia el Señor. Como decían nuestros abuelos, Dios nos libre de un requeté recién confesado.