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ANTONIO CASADO
León

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LOS DISCURSOS de gobernantes del mundo en la asamblea general de la ONU revelan al menos que el debate sobre el nuevo orden internacional está vivo. De un lado, con el secretario general, Kofi Annan al frente, quienes siguen creyendo básicamente en el multilateralismo regido por la legalidad emanada de las Naciones Unidas. De otro, encabezados por George W. Bush, quienes defienden un mundo regido unilateralmente por Estados Unidos en base a su hegemonía política, militar y económica. Es un consuelo comprobar el vigor de la resistencia frente al orden unipolar impuesto por una sola potencia en base a la ley del más fuerte, cuya más reciente y mas alarmante escenificación la encontramos en la guerra de Irak, decidida al margen de la legalidad internacional, con pretextos que se han ido revelando falsos. Y también es un consuelo que la sociedad norteamericana se vaya cayendo del guindo, a juzgar por la caída de popularidad de Bush y las encuestas de Gallup que, hoy por hoy, anticipan la ventaja de uno de los aspirantes a la nominación del Partido Demócraca, el general Wesley Clark. Más desalentador resulta que el presidente del Gobierno español se coloque en el bando de quienes apuestan por el unilateralismo. Con fervor innecesario, rayano en una vergonzante adulación, acaba de manifestar públicamente su esperanza y su deseo de que Bush sea reelegido dentro de un año «por el bien de la paz en el mundo». Menudo regalito para Mariano Rajoy si éste llega a La Moncloa y si las urnas americanas se pronuncian finalmente por un presidente demócrata. Tampoco pasará a los anales de la ciencia política la propuesta del presidente español sobre la conveniencia de centrarse en los efectos y no en las causas del terrorismo, entendido éste como la principal amenaza para la paz y la seguridad del mundo. Es una pedrada a la razón. Pero además es una receta poco práctica en la lucha contra el terrorismo porque señala el mejor camino para elaborar diagnósticos equivocados y, por tanto, equivocadas terapias. Salvo que entienda Aznar que el único principio válido de la acción política sea aplicar la ley del más fuerte.

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