Diario de León

TRIBUNA

Esta es una hora de gratitud profunda

Publicado por
JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
León

Creado:

Actualizado:

EL DÍA 16 de octubre de 1978, a las 18,18 horas una fumata bianca de la pequeña chimenea de la Capilla Sixtina, señalaba que los cardenales electores habían elegido un nuevo obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Veintisiete minutos más tarde el Cardenal Pericles Felici, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, anunciaba el nombre del nuevo Papa con las palabras rituales (en lengua latina): « Os anuncio una gran alegría: tenemos Papa, el eminentísimo cardenal Carlos Vojtyla, que se ha puesto el nombre de Juan Pablo II » . Instantes después, el nuevo Pontífice, vestido con la sotana blanca, la muceta y la estola rojas, aparecía en el mismo balcón y decía en italiano: «Alabado sea Jesucristo». Era el 263 sucesor de San Pedro, elegido en la segunda votación del segundo día del Cónclave, uno de los más breves de la historia. El nuevo Papa había cumplido 58 años el 18 de mayo y llevaba 20 años de obispo. Quiso, como su predecesor Juan Pablo I, ser una síntesis del beato Papa Juan XXIII y del siervo de Dios Pablo VI: bondad y pensamiento, amor incondicional para el diálogo con los hombres. ¿Quién no recuerda aquel momento, en las pantallas de la televisión, y las primeras palabras del Santo Padre?: « Queridos hermanos y hermanas... los cardenales han llamado a un nuevo obispo de Roma. Lo han llamado de un país lejano, pero siempre muy cercano por la comunión en la fe y en la tradición cristiana. He tenido miedo al recibir este nombramiento, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor y con confianza total en su Madre, la Virgen Santísima... Me presento ante todos vosotros, para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza, nuestra confianza en la Madre de Cristo y en la Iglesia, y también para comenzar de nuevo por este camino de la historia y de la Iglesia, con la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres ». Aquel hombre vigoroso que, días después, el 22 de octubre, en la Misa de inauguración de su ministerio, gritaba a todo el mundo: « ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo! », es hoy un anciano atado a una silla de ruedas, debilitado por una cruel enfermedad y marcado por las secuelas del atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981, que le han acompañado desde entonces. Sin embargo, pese a la imagen penosa para todos e incomprensible para algunos, sigue presentándose ante todo el mundo como dijo hace 25 años, para confesar la fe común, sostener nuestra esperanza, afirmada en la confianza en María y en la Iglesia, y ayudarnos a avanzar por el camino de la historia. Juan Pablo II ha introducido a la Iglesia en un nuevo siglo y milenio, como un nuevo Moisés pero con la fortaleza interior de San Pablo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10). Juan Pablo II es consciente de su deber de confirmar a sus hermanos en la fe, como le encargó el Señor al Apóstol Pedro. Lo ha hecho durante 25 años, con más de 100 viajes por todo el mundo y más de 140 por Italia, y con un magisterio inagotable sobre los contenidos fundamentales de la fe y de la moral cristiana, abriendo cauces nuevos al diálogo ecuménico, clarificando las relaciones entre la fe, la razón y la ciencia, abogando en todas partes por la defensa de la vida y por la paz. Y quiere seguir haciéndolo hasta el final, abrazado a la cruz. Los demás los contemplamos con dolor también, pero viéndole identificado cada día más con Jesucristo en la pasión. Y oramos insistentemente por él, como hizo la primera comunidad cristiana, cuando Pedro estaba en la cárcel. Estamos, pues, ante el XXV aniversario de la elección de un verdadero mártir de nuestro tiempo, como ha escrito un anterior obispo de León, monseñor Fernando Sebastián: porque Juan Pablo II es un testigo de la fe -eso significa la palabra mártir- en el contexto real de nuestro mundo. Incluso ha tenido que soportar, durante todos estos años, el suplicio moral de las críticas y de las descalificaciones desde las posiciones laicistas más fuertes. Hace mucho tiempo que el Papa está escribiendo con su propio testimonio la encíclica sin duda más difícil de todo su pontificado, verdaderamente extraordinario en muchos aspectos, una encíclica que podría titular muy bien: «Evangelio del sufrimiento» , al que se refería ya en una carta apostólica sobre este tema de 1984. Allí decía: «El mismo Redentor ha escrito este Evangelio ante todo con el propio sufrimiento asumido por amor, para que el hombre no perezca, sino que tenga la vida eterna». Aunque produzca desconcierto -¿desde cuándo la cruz de Jesucristo ha dejado de ser la condición indispensable para seguir al Maestro?- debemos aceptar con religiosa obediencia esta gran enseñanza de Juan Pablo II. Bien merece, pues, en este aniversario, que todos los hombres y mujeres de buena voluntad dediquen al Papa Juan Pablo II un homenaje de reconocimiento afectuoso y de respeto sincero. Esta es una hora de gratitud profunda. A Dios por el don que ha hecho a la Iglesia y a la humanidad en el pontificado de Juan Pablo II, el tercero más largo de la historia. Y al Santo Padre, que debería percibir una oleada de amor y de simpatía de todas las partes de la tierra. Los católicos debemos dar testimonio también de nuestra más cordial comunión con el vicario de Cristo en la tierra y pastor de la Iglesia universal.

tracking