Diario de León
Fernando Jáuregui

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HAN sido demasiados los errores en un bando, el socialista, aunque tampoco los otros hayan estado demasiado brillantes. Lo importante es que esta página negra de la historia de la política española haya pasado, que bien pasada está, y ojalá que todos saquen las consecuencias que haya que sacar del lamentable episodio del «tamayazo». Pero, claro, ahí siguen los edificios de viviendas impugnadas levantándose desafiantes, en medio de las imposibles infraestructuras, amenazando con colapsar una zona más de la enorme, desordenada, caótica, ciudad de la rapiña. ¿Tendría la cosa remedio si hubiesen ganado los otros en lugar de los unos? Claro que no: en Madrid, Ayuntamiento y Comunidad, todos han tenido oportunidad de gobernar y todos, en aras del negocio -del progreso económico, quiero decir, perdón- han dejado pasar la ocasión de imponer unas mínimas normas de urbanismo y racionalidad: ¿o es racional que, porque las cámaras de comercio lo impongan, una ciudad carezca de las mínimas normas de carga y descarga, por ejemplo? Pero no estoy hablando, el lector lo habrá comprendido ya, de Madrid. Hablo de nuestro litoral arrasado, de nuestros paisajes devastados, del medio ambiente olvidado. Me refiero también a la gente arracimada en casas de no mucha calidad, a la falta de viviendas protegidas dignas -ojo, que del «dignas» a veces nos olvidamos-. Hablo de ese dictamen del Tribunal de Cuentas que nos lleva a la inequívoca conclusión de que algunos, bastantes, partidos se financian gracias a las recalificaciones de suelos, que de rústicos pasan, por arte de magia, a edificables. Pongamos que hablo de Madrid y... del resto de España. Ahí está, ahora, la gran oportunidad de la regeneración, al menos urbanística, al menos medioambiental. Que es una de las vías de la regeneración política. Una gran ciudad es un espacio de convivencia, de trabajo, de ocio, de negocio. Es donde habita casi un setenta por ciento de los españoles, esos españoles que están convocados nuevamente a las urnas el próximo 7 ó 14 de marzo (porque las elecciones catalanas son un fenómeno propio, irrepetible, característico; poco que ver con la marcha general de la cosa política en el resto del país). Y no son solo, claro, los cuatro millones y medio, casi, de madrileños que este domingo estaban convocados a las urnas, aunque muchos no acudiesen a ellas, los interesados en saber cómo los poderes públicos van a resolver sus problemas inmediatos como ciudadanos: impuestos, moralización, facilidad de trato con la Administración, seguridad, listas desbloqueadas, salario mínimo, transporte público e infraestructuras, educación, sanidad. Son algunas de las cosas de las que los candidatos hablaron en estos días de átona campaña electoral madrileña. Se han prometido muchas cosas. Habrá que empezar a cumplirlas inmediatamente de cara a esa campaña que ha empezado ya, hoy mismo, para las decisivas elecciones generales de 2004: porque, tras lo ocurrido con el «Tramayazo», tras el desprecio con el que acogieron la investigación del Tribunal de Cuentas demostrando lo sospechoso de la financiación de nuestros partidos, las formaciones políticas españolas no pueden ya arriesgarse a un nuevo gatillazo.

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