EN BLANCO
Sin glamour
ESTE exceso mediático, este derroche de tiempo, adjetivos y recursos para glosar cada poro y cada instante de la principesca pareja, parece velar bajo tules y damascos la realidad de estos días, sobre todo esa realidad sin glamour de la pobreza de la que nos vamos desentendiendo deliberad y peligrosamente. El mismo día en que la rutilante pareja comparecía por primera vez ante los medios, se hacían públicos los datos estremecedores sobre el envés de ese mundo joven, rico, poderoso, encantador, saludable y enamorado: uno de cada cinco españoles, esto es, el 20 por ciento de la población, hoza en el alabañal de la miseria. No es que esté endeudado, o en paro, o viviendo en casa de los padres con 32 años cumplidos, o matándose doce horas al día por un salario ínfimo, sino que se halla en la más atroz y absoluta miseria. Lo dice Cáritas, que, poco sospechosa de demagógica ni de contubernios antisistema, hace a cada tanto el recuento de los desheredados, pero lo que sabemos ahora, o, bueno, lo que sabríamos si la meganoticia de un noviazgo no acaparara el grueso de la atención informativa, es que esos ocho millones de pobres que siempre salen en las cuentas no sólo son pobres endémicos e irredentos, sino que cada vez son más pobres, esto es, que sus familias están más desestructuradas, que sus habitáculos son más cochambrosos, que sus comidas contienen menos alimentos, que sus hijos están menos escolarizados, que su salud es peor y que se mueren antes. Nos acercamos al supremo designio capitalista que, para su supervivencia, exige sacrificar a un tercio de la población para que los otros dos tercios consuman abundantemente y gocen, es un decir, de lo superfluo. Pero también nos acercamos, en consecuencia, a una realidad tan dura, tan injusta, tan violenta y tan irrespirable que no habrá márketing nupcial que consiga ocultarla a los ojos más ávidos de evasión.