TRIBUNA
¿Hogares o incubadoras?
EL TRANSCURSO cíclico del tiempo o su contabilización en nuestro calendario, pone de nuevo ante nuestros ojos la fecha en la que se quiere recordar el aniversario de los Derechos del Niño A mí me gusta siempre recalcar que es el día de los derechos y de los deberes; olvidarnos de éstos acarrea consecuencias indeseables, porque los menores acaban creyendo que sólo tienen derechos. Mi reflexión en esta fecha quiere ser una llamada de atención, al poner el dedo sobre una llaga que últimamente «supura» y amenaza con la gangrena de muchas familias y de no pocos menores. Los que por profesión y dedicación somos receptores a diario de quejas familiares y atendemos a menores en conflicto personal, familiar y/o social, observamos la aparición (¿cronificación?) de sujetos agresivos, insolentes, maleducados, groseros, altaneros y, aparentemente, «fríos como témpanos». No sólo no aceptan las normas de educación y de respeto en la convivencia familiar y social, sino que se jactan de la trasgresión de las mismas. ¿Consecuencia?: ¡Reventón familiar y alarma social! Últimamente he tenido que asistir en mi despacho a adolescentes -chicos y chicas- que, sin el menor pudor ni recato, escupen a la cara de sus padres las mayores procacidades, los insultos más barriobajeros y con el lenguaje más soez del diccionario. Les amenazan, les gritan y alguno llegó a decir: «no hay artículo en ningún código o Constitución que me obligue a quereros, pero vosotros estáis obligados a alimentarme, vestirme y a darme dinero para mis gastos» (sic). Más de uno, de dos y de diez de los que he atendido personalmente han pasado de las palabras a los hechos, maltratando físicamente a sus progenitores, llegando éstos a tenerles verdadero pánico... Algún lector, para quien esto resulte extraño, podrá pensar que estas cosas sucederán sólo en familias de cuarto nivel, sin cultura..., sin... -como si eso justificara tal tropelía-. Pues no. Eso sucede en familias de cuarto nivel y de ello nos enteramos porque sus pobres viviendas carecen de cristales y sus endebles paredes no están insonorizadas, por lo que no se puede ocultar el griterío; pero sucede también y más de lo que nos imaginamos, en los niveles sociales medios y superiores. Estos lo ocultan hasta que ya no es soportable o hasta que la desvergonzada o el desvergonzado vástago acaban por alguna denuncia en la comisaría (SAF). Algún día escribiré sobre la tragedia y el demoledor sentimiento de culpa y fracaso que destroza a los padres de estos adolescentes. Bien, hasta aquí hechos contrastados, reales, no discutibles en cuanto tales. Donde cabe y debe haber discusión para encontrar una salida, es en las causas. ¿Qué es lo que puede originar y fomentar este tipo de conductas reprobables?. Sé de antemano, que la respuesta a este interrogante no es simple ni único, pero yo expongo un punto de vista, apoyado en actuaciones, conductas, actitudes, posturas, dejaciones que observo una y otra vez en las diferentes familias y en el plural abanico de los casos atendidos a diario. Hablando hace unos días con un sencillo pero sabio hombre de pueblo, me comentaba algo que él venía observando desde hacía muchos años en los productos de su casero corral: encontraba gran diferencia en el sabor y en la textura -lo decía con su lenguaje- de la carne de pollos, gallinas y faisanes, todos alimentados de igual modo y manera en su corral y huerto familiar, pero con una variante, a saber: un grupo de todo el colectivo avícola -tanto pollos como faisanes- habían nacido «empollados» por el calor y acompañamiento durante el primer mes y medio de vida, de una gallina clueca; el otro grupo -pollos y faisanes- habían nacido en la incubadora y crecido durante mes y medio al calor de una lámpara eléctrica, sin contacto con ningún congénere -gallina o faisán hembra- adulto. El sabor, la textura y hasta el color de la carne, me decía mi amigo del pueblo, es diferente en los dos grupos y afirmaba muy convencido por su experiencia, que donde estuviera un pollo o faisán, empollado de forma natural, al calor de la clueca, había más sabor, más calidad en ese manjar, claramente diferenciado del nacido artificialmente, aunque después del mes y medio se mezclaran y comieran todos lo mismo. En alguna ocasión también he escuchado a un veterinario que los empollados de forma natural son más resistentes a ciertas enfermedades... Ellos sabrán. A mi, estos datos me llevan a la reflexión que sigue: cuando yo era niño, y de eso hace ya muchos años, no había incubadoras ni para los pollos ni para los niños. El calor que nos ayudaba a crecer y a sobrevivir no era artificial, era calor de «hogar» -fuego natural-, calor de la cocina del suelo, en cuyo derredor nos juntábamos apiñados, entre las piernas del padre o del abuelo o en el regazo de la madre. Había muy pocas comodidades, pero sobreabundaba el calor humano, el cariño, el contacto. El término ««hogar familiar»» viene de esa realidad en la que la familia se reunía en torno al fuego y allí se compartía todo, lo bueno y lo malo -hasta el humo que nos picaba en los ojos-, allí nos quedábamos dormidos -fritos-, después de la cena, y en sus brazos los mayores nos llevaban a la cama. Tengo la impresión de que lo que llamábamos y entendíamos por «hogar» se ha convertido para muchas familias en una «pulcra incubadora», donde todo es artificial, donde todo está programado y técnicamente previsto, donde hay poca intimidad, poco acercamiento, poco contacto cálido de piel y donde más bien abunda la yuxtaposición; se nace y crece rodeados de muchas cosas (tv, cadena musical, DVD, móvil...), pero escasean las relaciones profundas, porque no hay tiempo, porque todos trabajamos, porque hay que ganar más dinero, porque todos estamos cansados... porque cada uno va a su aire, a la suya, a falta del «gallo y la clueca» en el corral familiar. Y, a mi modo de observar, advierto que en muchos «corrales» se comparten las comodidades físicas, el dinero (¡ay el dinero!), pero los afectos cada uno los satisface como puede y con quien puede. Tengo, pues, la triste impresión de que muchos de estos/as adolescentes sin «textura», sin «sabor», soeces, agresivos, provocadores y antisociales son el resultado de los nefastos partos de incubadora familiar. A estos polluelos físicamente bien alimentados y vestidos con ropas de marca se les ha hurtado desde su gestación un derecho fundamental, ese derecho que todo ser humano tiene a nacer y crecer en un hogar-hogar, rico en calor humano, pues, aunque falten cosas, nunca debería faltar la «empolladura humana». Si los hijos, en lugar de ser fruto del calor amoroso, son un producto «industrial» (de incubadora), o los convertimos en tapa agujeros de nuestras carencias (¡ojo a ciertas adopciones!), en tales circunstancias aumentará el número de peligrosos sociales, fríos y sádicos por in-satis-fechos, mal-gestados y peor-hechos. Sólo los bien-hechos, los bien-gestados sabrán responder gratamente a su deber de respeto, amor y cariño, pues llegarán a ser conscientes de que son fruto del respeto, del amor y del cariño de sus padres y educadores y no resultado de la programación de una incubadora familiar. Y no se me interprete mal cuando uso el símil del «corral» donde pido la presencia del gallo y la clueca. Gestar bien a un-una menor es labor harto difícil y ello exige la presencia de ambos miembros de la pareja en las familias y varones y mujeres maduros y preparados en los Hogares y Centros de acogida. Las ausencias siempre perjudican a la «nidada». Es un derecho de los menores que no satisfacemos adecuadamente. ¡A ver si nos enteramos!.