EL RINCÓN
Hablar de dinero
HACER del dinero un tema de conversación es de tan mal gusto como relatar minuciosamente, durante la sobremesa, una operación de páncreas. Hay quien hace las dos cosas. El dinero, «estiércol del diablo», según unos y «maldito parné» según otros, está cada vez más presente en la sociedad española y eso de que todo el mundo hable de lo mismo hace que nuestras charlas sean un tanto monótonas. En Andalucía, que no es donde más abunda, pero es donde corre con una mayor y equívoca soltura, no sólo se habla sino que se discute mucho acerca de él. El presidente Chaves ha hecho muy bien a mi juicio en aproximarle unas monedas a quienes menos contacto tienen con ellas. ¿Y qué ha pasado? Pues que los que no dan nunca nada le han dicho que da «limosnas». Después le han reprochado su dadivosidad recordándole que la Junta de Andalucía tiene una deuda con la Seguridad Social. También podrían haber recordado lo que el Gobierno le debe a Andalucía, cifra que algunos sitúan en seiscientos y pico de millones de euros. A estas tierras y a estos mares, que se están llenando de personas inteligentes, de esas que no muestran un entusiasmo indescriptible por pagar el llamado impuesto revolucionario, viene cada vez más gente. Todos saben lo que hacen, aunque lo que prefieren hacer es tomar el sol y comer pescados pequeños, no sin antes haberse interesado por el apasionante mundo de lo que Fernando Quiñones llamaba «la minería chica de los mariscadores». Pero en fin, quedamos en que hablar de dinero es de tan mal gusto como eructar después del postre. Lo peor no es que cada autonomía tenga su contabilidad propia, sino que los contables sean enemigos. «El dinero es alcalde y juez mucho loado», que dijo el arcipreste de Hita, que ya sabía que el que no lo tiene «no es de sí señor». Tampoco pueden ser señoras las comunidades donde escasea. Ni siquiera pueden gastárselo en lo que determinen. A los pobres hay que controlarlos, no sea que se lo gasten en vino o en ayudar a otros pobres.