Diario de León
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ANTONIO CASADO
León

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LOS EXPERTOS en ciencia política y los catedráticos que enseñan en la Facultad de Derecho hablan de Constitución «abierta» cuando aluden a los textos que prevén su propia reforma y tasan los mecanismos normativos para llevarla a cabo. El principio aplicado es de sentido común: ninguna obra humana resiste el paso del tiempo. Si la obra es política, con más motivo, pues al fin y al cabo trabaja sobre una sociedad viva, o sea, abierta a los cambios y al soplo de los nuevos vientos. Por eso quienes no somos juristas ni expertos en Derecho Constitucional preferimos aplicar el calificativo de «hospitalaria» a la Constitución de 1978, la que enterró la España sórdida y excluyente del franquismo, la que contempla el periodo más brillante, más próspero, y el más pacífico, a pesar de ese resto de España negra que el terrorismo de ETA nos ha venido dejando. Tan hospitalaria es la Constitución que no sólo cabemos todos en ella sino que ella misma nos permite calificar de anticonstitucionales las posiciones políticas opuestas a su propia reforma. Está en el espíritu y en la letra del superior documento que rige nuestra convivencia. Es parte de su grandeza. Conviene proclamarlo cuando estamos celebrando su XXV cumpleaños, un tramo histórico sólo superado en duración por la Constitución del 76 (1876-1923), aunque no sea comparable en cotas de libertad, progreso, reconocimiento de derechos, paz civil, bienestar y seguridad jurídica. La Constitución nos invita a adherirnos al valor de la norma como título superior de ciudadanía y no a la exaltación de la raza, la tribu, la lengua, el sentido de pertenencia, como coartadas de la exclusión o el desprecio al diferente o al discrepante. Esa es la clave del homenaje en este XXV aniversario. Larga vida a la Constitución.

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