PANORAMA
La última Nochebuena
DICEN que, sentado en la cena navideña ante sus diputados, sus senadores, sus ministros, el pasado jueves, José María Aznar se emocionó un punto. Un punto nada más, porque quien se ha calificado a sí mismo como «un sequerón» no puede permitirse demasiadas licencias. Estaba frente a sus fieles, sabiendo ya que nos iba a dar una sorpresa a lo Bush plantándose en Diwaniya. Ahora, Aznar prepara su última Nochebuena en Moncloa, con sus ministros más fieles, aunque algunos, como Rodrigo Rato, ya no sean tan amigos suyos. Se lo había profetizado Miguel Ángel Rodríguez, su hombre de confianza, aquel de quien Ana Botella dijo en una ocasión que era «como su cuarto hijo», uno de los pocos que hablan en total libertad al presidente: «Te irás de Moncloa sin un solo amigo». Y casi va a cumplirse la profecía. Aunque los suyos le siguen aplaudiendo y continúan estando con él contra viento y marea: ante la reforma sorpresiva del Código Penal, cuando dice que Bush debería de ser reelegido «para garantizar la paz y la estabilidad del mundo». O cuando se queda como único disidente, «con el polaco», en la Unión Europea. Cuando Anasagasti, entre broma y veras, le dice «Agur, presidente» o cuando Xavier Trías ni siquiera le da la mano para decirle adiós. Casi se han jubilado los tres al mismo tiempo: Aznar -todavía no; aún tres meses de gestos como el obligado de ir a visitar a las tropas en Irak y otros-, Arzalluz -saboreando el postrer sabor de la derrota, aunque sea por un voto- y Jordi Pujol -que también se marcha prácticamente sin hablarse con el inquilino de La Moncloa-. Fraga anda diciendo cosas raras por ahí, sin que nadie le haga demasiado caso. Apenas sigue Manuel Chaves, que es el único superviviente político de la «foto de la tortilla», allá por los finales años sesenta, con Felipe González, Guerra y otros que ocuparían mucho poder no mucho después. Pero Chaves, que está seguro de que va a ganar sus elecciones autonómicas de marzo, es mucho más joven que el vasco, el catalán y el gallego, aunque sea casi diez años mayor que Aznar y eso, en este país devorador de generaciones, parece ya demasiado viejo. Zapatero, el recién llegado, no puede renovar Andalucía, ni le conviene, pero va a afrontar las elecciones, dicen, con muchas caras nuevas: anda buscando, aseguran, a una periodista o a una actriz para ocupar uno de los primeros puestos en la lista de Madrid. Ya ha fichado al ex sindicalista Antonio Gutiérrez y quiere hacer entrar a clásicos autonómicos, Bono entre ellos, en sus listas. Un socialismo nuevo, cuando González ha dicho irremisiblemente «no» a seguir en el escaño, Guerra anda en sus cosas culturales, Borrell y otros de siempre se marchan. Nuevo aunque, te dice Zapatero, sin olvidar el pasado. De todo habrá de combinar si quiere tener posibilidades de ganar unas elecciones que se le presentan muy difíciles. Y no, no es que Aznar se vaya demasiado pronto: el aznarato está agotado, como plan personal, aunque el proyecto del PP no lo esté, ni mucho menos.