EL RINCÓN
Pobres intermedios
ESTAMOS mejor capacitados para contar mendigos que para evitar que tengan que pedir limosna. El último estudio de Cáritas revela que los menesterosos tienen al menos un punto en común con los pudientes: les gusta el sol. La prueba es que el 25 por ciento de ellos, unos dos millones de personas, vive en Andalucía. Creo que fue Albert Camus, que era un mediterráneo, el que descubrió que la miseria soleada parece esplendor. Una chabola encalada y con geranios, sigue siendo lo que es, pero parece otra cosa. Por qué los pobres prefieren las tierras cálidas es fácil de comprender: detestan la lluvia porque cuando se mojan despiden un olor especial, absolutamente delator, y hay muchos pobres vergonzantes que no quieren ser identificados. De esos pobres intermedios está superpoblada España. No imploran la caridad pública ni responden a las encuestas. Ignoran si el PP afronta el año electoral con más de 10 puntos de ventaja sobre el PSOE y les trae sin cuidado incluso que, en el caso de que ganen, sigan en el Gobierno señores como Trillo y Cascos. Ellos van a lo suyo, que es nada. Tampoco les preocupa que haya o no haya debate entre Rajoy y Zapatero. Lo que quieren es comer con relativa frecuencia. Esa zona de pobreza se nutre de clase media baja, sujeta a salarios miserables, que fueron cuesta abajo en su rodada y en muchos casos se refugiaron en el peor de los albergues: la maldita droga. Es cierto que ser pobre es como ser extranjero en tu propio país y los que hablan de «la santa pobreza», además de hablar de oídas, son unos gilipollas de mucho cuidado. La pobreza es una afrenta, con la particularidad de que la vergüenza nos afecta a todos. Un «ocupa» ha fallecido al incendiarse la casa en ruinas que habitaba. «Cuando no se tiene un techo, ocupar es un derecho», ha escrito el poeta Antonio Romero Márquez, en una especie de «Hai Kú» más cerca de Bakunin, que de los sintéticos poetas orientales. Total, que hemos mandado una sonda a Marte y no podemos mandar comida a muchos estómagos.