Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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PUES ya sería desatino morir en Ordoño chamuscado por una bola de fuego lanzada por un venusiano, con el que ni siquiera te has cruzado dos palabras. Lo primero que piensas es que te ha alcanzado un exabrupto, que alguien se ha acalorado más de lo debido en el Ayuntamiento. ¿Cómo vas a pensar que han llegado los Invasores, si sólo existen en las películas y en la política exterior estadounidense? En fin, en otros tiempos hubiéramos corrido a consultar al oráculo sagrado, ahora nos conformamos con el Servicio Meteorológico. Antaño, lo de las bolas de fuego se hubiera interpretado como que estaba al caer una guerra, con lo que siempre se acertaba, pero ahora se le da a todo una explicación científica, aunque dé la impresión que algunos hacen las fórmulas con la calculadora apagada. Enseguida te chafan tus interpretaciones más imaginativas. Te dices: por fin, nos invaden los venusianos. Por fin, una noticia sensacionalista que no sea como para exiliarse del planeta. Y enseguida llegan ellos, los científicos, con las rebajas, con su formulita, con su telescopio. Qué les costará decirnos: pues sí, corran ustedes, sálvese quien pueda, que estos paisanos llegan con insaciable apetito reproductor pues su raza se extingue¿ Pero no, toma explicación racionalista, toma astrofísica. Ni siquiera lo han considerado un meteorín. Vamos, que no pasa de escupitajo cósmico. Un asco. Mi hijo Edu vio pasar la estela luminosa mientras veía el partido de la Cultural. Ni saltó del asiento. En mi infancia el baremo de lo asombroso es que ardiese el mapa de Bonanza y volviera a aparecer en el episodio siguiente. Ahora, para que mis hijos eleven la ceja tienen, como mínimo, que ver un dinosaurio en al calle Ancha. Y estar hambriento. Ay, ya ni soñar con invasiones extraterrestres nos dejan. Maldito siglo XXI. En fin, ya puestos a caer en León, que nos hubiera caído el gordo, y no esa «cosa», saldo de meteorito, mera calderilla espacial.

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