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FERNANDO ONEGA
León

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RODRÍGUEZ Zapatero le tiene que cantar a Felipe González la vieja copla: «Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio». Sin Felipe, porque parecería que está en soledad y sin protección de la historia. Con Felipe, porque le nubla. Zapatero hizo algo normal: llevó a González de presentador de su última conferencia. La elección era buena, porque el ex presidente le da legitimidad de partido. Pero, ay, Señor: una vez más se confirma que todas son desgracias en casa del pobre. ¿Qué ocurrió en este caso? Que González no se contuvo. Se puso a hablar como si fuera el protagonista. Contó chistes, le puso a Aznar el mote de Aserejé y atrapó la atención de los periodistas. A su lado, Zapatero parecía un espectador cuya misión era reir las gracias del jefe. Eso es lo que trascendió a los medios que esperaron a la madrugada para hacer la crónica. Y, como González es odiado por parte de la prensa, su compañía se convirtió en el último perjuicio para el candidato del PSOE. Es lo que ocurre; lo que viene ocurriendo desde hace ocho años: que un sector de la opinión publicada no deja respirar a Felipe. Aunque anuncie que se retira, sus apariciones esporádicas parece que traen la sarna. Se le niega el derecho a hablar, se le quiere oculto en una madriguera. Y cuando sale «por exigencias del guión», se produce la escena del labrador a la caza del topo: espera con la azada a que el topo mueva la tierra para asestarle el golpe definitivo. Y Felipe lo sabe. Y entonces se produce un círculo vicioso: cuanto más rencor se muestra hacia él, más cara de rencor se le pone a él ante una cámara o un micrófono. Está resultando lo que se dice «un veneno». Hace años que no muestra un aspecto amable ni dice una palabra de respeto hacia sus adversarios. A Aznar, desde luego, lo odia. Lo malo es que esta guerra entre el veterano líder y parte de la prensa produce víctimas colaterales. Esos medios que llevan la bandera anti-Flipe ensalzarían a Zapatero si abjurase de su ex jefe. Como no sólo no lo hace, sino que se cuelga de su brazo, la sangre del sacrificio felipista ritual lo salpica. No importa lo que diga. Lo único que importa es que el demonio, disfrazado de Felipe, estaba allí. Eso sí que es demonizar a un personaje. Es injusto, porque González es parte de nuestra historia. Sólo hay que criticarle que no hace nada por reconciliarse con sus verdugos. Pero no nos engañemos: lo que dice Felipe es lo que quiere oir el militante socialista. Con Felipe, Zapatero quizá pierda votos del centro. Pero mantiene a los suyos. Y, tal como están las cosas, no es poco.

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