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ENRIQUE MAGAZ PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN DE POLICÍA
León

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EL SÍNDROME de Ulises es una patología poco conocida por la gente con calefacción central y tarjeta de crédito. No se trata de una enfermedad somática o un episodio de ansiedad al regreso de un intenso crucero de placer por el Mediterráneo. El Síndrome de Ulises , también llamado Cuadro del extranjero abatido , es un padecimiento del alma para el que los galenos carecen de remedio conocido. El pánico pasado durante el viaje en patera o en los bajos de un camión, la soledad, la desconfianza, la desorientación y la lucha desesperada por la supervivencia son las manifestaciones más perceptibles que fustigan la mente y el espíritu del inmigrante descorazonado. El viaje épico del héroe de la Odisea ha dado nombre a esta peligrosa perturbación psicológica que sufren quienes han soportado travesías turbulentas, llenas de hostilidades y riesgos vitales en su huída de la miseria y la tiranía de la cara amarga del mundo. La atroz diferencia estriba en que el mítico personaje de Homero regresaba al calor del puchero casero y a los susurros ardorosos de una Penélope largo tiempo deseada. El foráneo sin regularizar, por el contrario, viene a pecho descubierto a una resabiada Europa que le entregará en manos negreras de la economía sumergida. Conmueve el recoveco canino del poeta griego cuando revela que Argos, el perro fiel del héroe de Troya, le reconoce de inmediato y sale a recibirle a la puerta a pesar del tiempo transcurrido. Es evidente que el único sabueso que le ladrará al sumiso sin papeles cuando toque playa será un chucho pulgoso de los abandonados por algún desalmado en la cuneta o quizá el intrépido y bien alimentado Rintintín de las Fuerzas de Seguridad, entrenado para la ocasión. Solamente en el Estrecho se conjetura que han perecido cerca de 6.000 inmigrantes clandestinos desde 1960. De las oleadas de irregulares que logran darle esquinazo a la guadaña de la muerte y asentarse en España, al menos 600.000 padecen el Síndrome de Ulises , a los que se sumarán otros 300.000 cuya documentación está en precario y con la veda abierta. Psiquiatras y sociólogos han hecho sonar las campanas de alarma. El agujero de marginalidad al que este colectivo sin derechos está sentenciado hará que broten conductas asociales e infractoras. Es inevitable. El terror pasado en el viaje, el estrés crónico acumulado, la tensión, la tristeza, la confusión, los pensamientos obsesivos y las paranoias son los síntomas psicopatológicos más notables del síndrome. Si además se le añade una probable explotación laboral y el miedo permanente a ser detenido y extraditado, el cóctel explosivo está servido. El siguiente paso será el encontronazo con la ley. Del análisis de las cifras oficiales se advierte que durante el año pasado se dictaron en torno a 50.000 resoluciones de expulsión de extranjeros. Madrid, Barcelona, el litoral mediterráneo y los dos archipiélagos constituyen por ahora las zonas en las que se concentran el mayor número y, por tanto, las más inestables en este sentido. Los países de origen de los sin papeles que irrumpen a tropel son, en primer lugar, el norte de África (Marruecos y Argelia), a continuación los procedentes de iberoamérica (Colombia, Ecuador y República Dominicana), ciertas áreas del Este de Europa (Rumanía, Ucrania y Polonia), y finalmente los originarios de algunos territorios asiáticos como China. Afirmar que se suele ser más racista con la pobreza y la escasez que con los propios inmigrantes quizá no sea muy amable para algunos oídos, pero esa es la áspera realidad en numerosas ocasiones. Todo apunta a que no es lo mismo un árabe de Kuwait que un humilde moro del magreb. Es obvio, pues, que detrás de un xenófobo siempre hay un clasista solapado aunque esté apuntado al paro. Sentirse superior simplemente por haber nacido en una nación determinada es, sin duda, un claro síntoma de insuficiencia y mediocridad. Y ya se sabe que sólo un mediocre está en su mejor momento. Doy fe de casos sangrantes donde los segregacionistas son ciudadanos con pensiones no contributivas o asistenciales, sufragadas por todos los contribuyentes, incluidos aquellos a los que desdeñan. La excusa de mal pagador, bautizada como «miedo al extranjero», no es otra cosa que simple egoísmo aderezado con ribetes individualistas de discriminación e intolerancia. Todas estas circunstancias negativas agravan aún más si cabe el Cuadro del extranjero abatido . No obstante sería conveniente recordar para aquellas memorias frágiles, que cerca de un millón y medio de españoles se encuentran emigrados todavía por el mundo. El tráfico de seres humanos es en nuestros días uno de los delitos con mayor lucro que las mafias internacionales llevan a cabo y al que dedican recursos que hasta hace poco tenían destinados al narcotráfico. Quizás sea asumible que una persona intente huir de la desdicha y la opresión a través de cualquier medio a su alcance. La hambruna no rinde pleitesía a las normas. Sin embargo, hay que erradicar las organizaciones criminales que se aprovechan de la desgracia y mercan impunemente con el desconsuelo. Mientras tanto no dejemos de lado a ese indefenso y desasistido millón de extranjeros sin papeles que están entre nosotros. Un inmigrante irregular no es un malhechor. El Síndrome de Ulises tampoco es una simple dificultad angustiosa posvacacional ante la incorporación al trabajo rutinario en la oficina. El problema es serio y patente; la solución también. Ab imis fundamentis.

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