Diario de León
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ARMANDO MAGALLANES PERNAS CATEDRÁTICO DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DEL IES DE CARRIZO
León

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AUNQUE oficialmente no ha comenzado la campaña electoral de las elecciones generales del próximo 14 de marzo, ya han aparecido varios sondeos que hacen una prospección de lo que pueden deparar éstas en términos de ventaja de uno de los candidatos de los grandes partidos a nivel nacional sobre el otro. Parece claro, a la luz de estos sondeos, que el candidato del PP, Mariano Rajoy está, en este momento, en ventaja sobre el líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero. Por consiguiente, siguiendo la lógica de tales sondeos, el PP ganará las próximas elecciones y Rajoy derrotará a Zapatero. Con frecuencia -aunque no siempre- se oyen en tertulias radiofónicas y en conversaciones de café, opiniones que centran la discusión sobre el resultado de las próximas elecciones generales en la contienda entre los líderes de los dos partidos mencionados. Lo que hemos visto hasta ahora ha sido un rosario de promesas y contrapromesas de ambos, que dan la impresión de estar utilizando instrumentos propios del marketing para ganar terreno al contrincante. Pero todavía no se han confrontado seriamente las diferencias entre los programas electorales de los dos candidatos a ocupar la presidencia del Consejo de Ministros. Así pues, aún no se ha hablado de «ideas», es decir, no se ha entrado todavía en el nudo gordiano de la cuestión. Cuando, en 1982, el PSOE ganó sus primeras elecciones generales, por mayoría absoluta, mucha gente se convenció de que, desde ese momento, el cambio que había servido de slogan en la campaña electoral se haría realidad en forma de una auténtica décadas política de izquierdas. Esto es fácil de comprender si pensamos que, después de varias décadas de dictadura y una serie de años de fuerte inestabilidad y polarización política, muchos no se conformarían con una simple política socialdemócrata, al uso en los países europeos con larga tradición democrática. Pero la realidad de las relaciones internacionales se impuso por encima del romanticismo de los que deseaban un «cambio con mayúsculas». En efecto, cuando llegó el momento de decidir si España entraría o no en la OTAN se planteó la duda de elegir entre la utopía y el posibilismo. La utopía estaría representada por los defensores del pacifismo, o, más bien, del antimilitarismo, lo cual no es de extrañar después de una larga dictadura militar y de un fallido intento de golpe de Estado cocinado en algunos cuarteles en 1981. El posibilismo lo representaría el entonces presidente del gobierno, Felipe González, consciente de que España tendría que jugar con toda la baraja si quería romper su aislamiento en relación con la Europa comunitaria . Poco después de conocerse el resultado del referéndum sobre la entrada o no de España en la OTAN, el profesor Aranguren, en un excelente artículo, vino a decir que el sí a la entrada de nuestro país en dicha alianza militar, auspiciada por un gobierno de izquierdas, demostraba el fin de una de las características que habían definido hasta entonces a la izquierda: la utopía. Estaba claro que el mundo empezaba a cambiar. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría la confrontación entre «izquierda» y «derecha» en los países con regímenes parlamentarios tenía una fuerte carga ideológica, reflejo de la pugna entre socialismo y capitalismo propia de la segunda postguerra mundial. Así pues, los que se inclinaban por la derecha o la izquierda a la hora de votar, sabían claramente qué opción elegían. Pero la caída del bloque socialista desde 1989 supuso el inicio de un nuevo periodo caracterizado por el «ocaso de las ideologías» y el comienzo de los problemas para la socialdemocracia, en tanto que el fin de la Guerra Fría significaba el triunfo del capitalismo sobre el socialismo, como enseguida se encargaron de subrayar los más firmes defensores de aquél. Desde entonces los partidos socialdemócratas en Europa se han visto en una nueva coyuntura a la que les está siendo difícil adaptarse, en la medida en que la intervención del Estado en la economía, defendida tradicionalmente por la izquierda, iba a ser más difícil en un mundo que se está haciendo cada vez más pequeño por mor de la globalización de la economía. En efecto, de lo que se trata ahora es de ocupar el centro, y esto entraña el riesgo de escorarse hacia la derecha y perder apoyos por la izquierda. Tal es el caso de Gran Bretaña, donde los conservadores están pasando una larga travesía del desierto en la medida en que el Partido Laborista les ha arrebatado su lugar en el espectro político, lo cual ha quedado claramente de manifiesto en la sumisión del Primer Ministro inglés a la política exterior de los ultraconservadores norteamericanos. Tampoco está pasando por su mejor momento político el Canciller alemán, que ha tenido que abandonar la presidencia del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) ante la contestación dentro de sus propias filas por traicionar la esencia de la socialdemocracia en cuestiones como el recorte de gastos sociales y política fiscal. El caso español es un paradigma de cómo la derecha autoritaria ha perdido sus complejos -si es que en algún momento los tuvo- y está tan envalentonada y ensimismada que da la sensación de que sus líderes caminan varios palmos por encima del suelo de pura autocomplacencia. Tal vez esto se deba a que no encuentran en la oposición un rival que sea capaz de arrebatarles el poder, habida cuenta de que quizá estén seguros de haberle «tomado la posición» . Esta inclinación al autoritarismo y al desdén hacia la representación popular en asuntos como la negativa a promover comisiones de investigación sobre asuntos de gran importancia por todos conocidos, puede ser una gran baza, que si el PSOE utiliza con sensatez, puede proporcionarle importantes beneficios políticos de cara a las próximas elecciones. Ahora bien, es el PSOE el que tiene que demostrar que es capaz de ganar las elecciones. En este sentido, sería fatal que se inclinase hacia el populismo, que tiene la desventaja de mostrar al líder como demasiado solícito y, en consecuencia, poco creíble.

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