EL RINCÓN
Trillo y las apariencias
NO HAY motivos para sospechar que el ministro de Defensa, señor Trillo, haya perdido la cabeza: antes tenían que demostrarnos que anteriormente era de su propiedad. Hay que reconocer que lleva una racha mala: le dio un euro a una periodista que le hizo una pregunta oportuna y eso le extrañó a mucha gente, que dice que nunca había dado nada; posteriormente afirmó que le hubiera gustado tomar la isla Perejil al asalto, sin duda para compensar que nunca hizo la mili y jamás cantó eso del ardor guerrero; ahora, las familias de las víctimas del accidente del Yak-42, en el que murieron 62 militares españoles, a bordo de un cochambroso cacharro merecedor de la jubilación hace mucho tiempo, le acusan de haber entregado al Congreso un informe mutilado sobre los pormenores de la tragedia. No es una acusación baladí: lo que ocurre es que en España nunca se aclaran los asuntos oscuros. Vivimos de apariencias y encubrir las cosas es fundamental. Los servicios de inteligencia del Ejército (CISET), recomendaron un mes antes del siniestro el uso de aviones charter para transportar tropas. ¿Cómo puede taparse eso? Ni siquiera la matraca preelectoral puede acallar un asunto tan grave. La ministra Ana Palacio tendrá que hablar del tema, pero de momento ya ha hablado cuatro veces con Marruecos para paliar la penúltima metedura de pata del titular de Defensa, que en su opinión «no ha sido grata para nadie». La pobre ha dicho que el señor Trillo no hablaba en serio cuando aseguró que lamentaba no haber tomado Perejil hace ocho años. Lo que no ha explicado Ana Palacio es por qué un ministro de Defensa en vez de hablar siempre en serio, habla a veces en broma. Estas cosas nos permiten dudar si habitamos un país respetable o aquí sólo valen las apariencias de respetabilidad. Anasagasti acaba de decir que «si Zapatero fuera feo, ya no estaría en política». A mucha gente le importa más su rectificado tratamiento capilar que el contenido de su cabeza.