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MÁXIMO CAYÓN DIÉGUEZ POETA, ESCRITOR Y BRACERO DE LA VIRGEN DEL MERCADO
León

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EXPONENTE de una religiosidad popular de muy hondo calado, la procesión de La Dolorosa es el primer cortejo penitencial de la Semana Santa leonesa. Hoy, a las ocho de la tarde, el latido de la fe tiene su centro de gravedad en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Mercado. Es un grabado inserto en la historia leonesa. Un aguafuerte imperecedero, consustancial con la escenografía de la ciudad. Lo mismo puede decirse del citado santuario románico del siglo XII, situado en pleno Camino Francés. Baldomero Díez y Lozano, en su obra Historia y noticias del culto a la Virgen en el Antiguo Reino de León , nos revela la clave: «El origen de Nuestra Señora del Mercado se pierde en la oscuridad de los tiempos. Es tradición constante, que donde hoy se alza la iglesia de este nombre había unos prados, en los que apareció la Santísima Virgen a un pastor, manifestándole su voluntad de ser honrada en aquel sitio». La Aparición data del 9 de febrero del año 560. Un fresco, en la sacristía del citado templo, recoge la piadosa escena. La devoción a la Virgen del Mercado tiene raíces muy hondas en el corazón de esta antigua capital del viejo reino. Y en el alma de los leoneses. La afirmación no es graciable ni apasionada. Carece, incluso, de aderezos sentimentales. El día 17 de abril de 1804 fallecía en la Ciudad Eterna, al parecer víctima de una trombosis cerebral, un egregio español del Settecento. Manifiestamente, el bicentenario de su óbito está a la vista en el calendario. Nacido en León, el 22 de septiembre de 1722, era fervoroso devoto de esta sagrada imagen. Se llamaba don Francisco Antonio de Lorenzana. Y fue doctoral de Sigüenza, obispo de Plasencia, arzobispo de Méjico y primado de Toledo. Su casa solariega está enhiesta todavía en la plaza de las Torres de Omaña. El escudo heráldico de su familia, labrado en piedra, perdura sobre el dintel de la puerta principal del edificio. Siendo primado de Toledo, el cardenal Lorenzana concedió cien días de indulgencia «a todos los que rezaren el Ave María delante de esta devota imagen». Y no sólo eso. Patentizó su amor y veneración por la Virgen del Mercado donando a la parroquia, de su peculio particular, una magnífica capa pluvial, recamada en oro, para uso de las grandes solemnidades. Cuando se habla de la Morenica del Mercado y de esta secular parroquia, se habla, también, de las glorias y vicisitudes de esta antigua Corte de reyes, que un día fuera «Cabeza de Reino». Aquí, don Bernardo de Olea, acendrado devoto de los siete dolores de la santísima Virgen y canónigo penitenciario de la Catedral de León, estableció en 1572 la Congregación de los Servitas o de la Esclavitud. Aquí, el Domingo de Lázaro, cuarto día del novenario que precede a la procesión y se hace rogativa anual por la paz del mundo, se exponen a la adoración de los fieles las reliquias de la Pasión, dos sagradas espinas de la corona del Redentor, amparadas en viril de plata sobredorada, procedentes del desaparecido monasterio de San Claudio, que trajo de Roma el cardenal Jacinto (luego Sumo Pontífice con el nombre de Celestina III), en su visita a la ciudad el 22 de abril de 1173. Era rey de León, Fernando II, el Magno. Hoy, como ayer, y como siempre, la devoción se hace multitud alrededor de esta Virgen de las Tristezas en su peregrinación anual por la topografía legionense. A través del recorrido que establece la tradición, un abigarrado bosque de luminarias forman séquito y compañía. La estampa, viva y permanente a través de los siglos, se repite con la misma puntualidad que la floración de la primavera. Decía Juan de Yepes, San Juan de la Cruz, que «con la esperanza se desnuda y despoja el alma de todas las vestiduras y trajes del mundo». Refugio seguro ante el temor, auxilio cierto ante las tribulaciones, esta Virgen del Mercado es un compendio de dicho aserto. Quien acude a esta sagrada imagen, halla siempre alivio para las sequedades del alma, consuelo frente a las adversidades de la vida. Stabat Mater Dolorosa. Y es que la expresividad de su rostro, dramáticamente dolorido («Atended y ved si hay dolor como mi dolor»), elucida con claridad la resignación que se apodera de su pecho ante los hechos consumados en el pelado montículo del Gólgota. Máxime, en las dos estaciones que efectúa la procesión donde esta azucena del Calvario se convierte en el eje de todas las miradas. La primera tiene por escenario la recoleta capilla de las MM Benedictinas, las populares Carbajalas; la segunda, la amplia plaza de Santo Domingo. Esta tarde comienza la Semana Santa leonesa. En León, hoy, el meridiano de la fe pasa, irrefragablemente, por la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Mercado. La cita es a las 8 de la tarde. Allí, la antigua del Camino, talla sedente del siglo XV, que concentra fervores y devociones desde tiempos inmemoriales, es la única protagonista.

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