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ANA MARÍA GUADA SANZ PERIODISTA Y CONCEJAL DEL PP EN EL AYUNTAMIENTO DE LEÓN
León

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«¿RECUERDAS aquellos tiempos?», me preguntó el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, cuando en mi condición de concejal tuve oportunidad de saludarle durante su reciente visita a León. Y es que han pasado dieciséis años desde que yo diera mis primeros pasos como redactora de informativos en Antena 3 de Radio y él estrenara su cargo como secretario general del PSOE en nuestra provincia. La entonces relación político-periodista se prolongó durante seis años hasta que en 1994 el mastodonte Prisa convirtió en sombra aquella cadena radiofónica; era también cuando comenzaba a desmoronarse la era González. Los años han pasado pero eran casi las mismas caras las que aparecían junto a Zapatero en León. Y digo casi porque un astuto aliado leonesista se ha colado en el escenario político local. Aún conservo recortes de prensa cuando Rodríguez Zapatero (ahora nadie se atreve a llamarle «Papes») aparecía ante los medios de comunicación con sus compañeros de partido, Francisco Fernández y Miguel Martínez. Allí estaban para apoyarle durante los tiempos, más largos que breves, en los que el socialismo leonés se enfrascaba en continuas crisis internas entre oficialistas y críticos, y que, por cierto, daban mucho juego a los que nos llamaban «plumillas» ávidos de noticias. Las crisis socialistas ocuparon muchas páginas y minutos. De las más sonadas, las irregularidades en el censo de afiliados al partido con consecuencias incluso en las instituciones como la Diputación Provincial. Asomaba entonces la falta de solidez de una Ejecutiva Provincial liderada por un Zapatero que gracias a su gran capacidad de maniobra conseguía salir impoluto, y es que aquel Zapatero, hoy presidente, tenía y tiene gran habilidad para conseguir sus fines, para dirigir el manejo de la maquinaria política que lo llevaría a lo más alto. Afable en la conversación y el trato, sereno y calculador, de sonrisa fácil, difícilmente se inmutaba ante la adversidad y lo demostró muchas veces. Basta con recordar sus orígenes. Fue en Astorga, año 1988, cuando Rodríguez Zapatero se aseguró la Secretaría Provincial del PSOE. Lo llamaron el «Pacto de la mantecada» por el que consiguió meses más tarde aglutinar el apoyo de la mayor agrupación socialista de la provincia, Laciana, con su entonces «caudillo» Pedro Fernández a la cabeza, quien luego se convertiría en su más acérrimo enemigo político. Ahí comenzó a forjarse como gran estratega («aquí me forjé», dijo en su visita a León). Supo coordinar las fuerzas políticas y se convirtió en magistrado de su ejército. Desde la antigua y sombría sede del PSOE en el barrio de El Crucero, Zapatero dirigía un partido aparentemente con destreza, pero nunca consiguió unos buenos resultados electorales en esta provincia. A finales de los 80 y gran parte de los 90 estuvo obligado a medir sus fuerzas ante un presidente provincial del PP, Mario Amilivia, con el que protagonizó muchas batallas políticas locales: batallas dialécticas que tuvieron también como escenario los estudios de la extinta Antena 3 durante los informativos de aquel «Primero de la mañana». Zapatero se convirtió en 1986 en el diputado nacional más joven del Congreso. Desde entonces echó el ancla en su escaño de Madrid desde donde León parecía quedarle lejos. Todos los medios ofrecían entonces noticias que provocaban el desencanto de una provincia que sufría la crisis de importantes sectores como la minería y la agricultura. Como periodista tuve la oportunidad de presenciar la llegada a Madrid de la «Marcha negra»; oportunidad -era mi trabajo- de trasladar a los oyentes el desmantelamiento de las minas como el cierre de Hulleras de Sabero, las reivindicaciones de los agricultores ante una política agraria que arruinaba el campo, las manifestaciones contra el cierre de la línea de FEVE León-Bilbao, las protestas de miles de ganaderos en la llamada «Guerra de la leche», continuos conflictos laborales en sectores como la enseñanza, las altas tasas de paro en la provincia; noticias que marcaban un futuro poco esperanzador para León. En medio de ello, Rodríguez Zapatero consiguió pasar de puntillas ante las confrontaciones electorales en las que nunca se sintió atraído por convertirse en alcalde de su ciudad, presidente de la Diputación o parlamentario en la Comunidad Autónoma; objetivos que le podían llevar a perder fuerza y debilitarse. El batacazo electoral de su partido en las elecciones generales de 2000 arrastró a un PSOE a la deriva a la necesidad urgente de buscar un líder capaz de recuperar la confianza de los españoles. Como hiciera 12 años antes en León, Zapatero supo con habilidad dar el golpe de mano perfecto para convertirse en ese nuevo líder que con firmeza y convicción ha accedido a La Moncloa en un magistral salto con pértiga. Cumplió su promesa y vino a León. La foto se ha movido mucho en estos años. Aún recuerdo a un Zapatero abucheado y al que incluso los agricultores leoneses le lanzaron huevos allá por el año 1993. Momentos que se han velado para dar paso a esa nueva imagen de un Zapatero querido por sus paisanos que le piden insistentemente que no les falle. Como leonesa le agradezco también sus gestos y muestras de cordialidad, pero, como todos, quiero confiar en que sus múltiples e importantes obligaciones como presidente de España, con un gobierno en minoría obligado a ser dócil con sus aliados, no le aparten de León y no lo convierta sólo en su pasado. Durante los últimos ocho años el Gobierno del Paartido Popular cumplió importantes compromisos con una provincia que no admite perder el tren del progreso. Espero que Zapatero desborde generosidad y haga realidad sus promesas con esta tierra. El tiempo lo dirá.

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