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COLECTIVO POTENKIM
León

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EN CONTESTACIÓN al escrito de don Félix Barajas, publicado en este periódico el miércoles 14 de abril, en el que pretendía defender una escuela atea -antes que una escuela laica, a pesar de sus palabras «bienintencionadas»- como paradigma de una educación progresista. Se desprende de su lectura que el señor Barajas es docente, lo cual añade un punto de interés a sus argumentos, a la vez que asusta. No queremos entrar aquí a analizar los errores de bulto que se desprenden de su escrito, como convertirse en improvisado exegeta del Antiguo Testamento que no tiene en cuenta el Nuevo o la Historia más básica, o como confundir Tierra Santa con el Paraíso, o aconfesional con ateo; aunque, ciertamente, produzcan auténtico sonrojo proviniendo de un docente. Queremos, en cambio, dar una respuesta, tan respetuosa como firme, desde la consideración y desde la evidencia. Es cierto, señor Barajas, deseamos para nuestros hijos una educación progresista, pero si ese progreso nos lleva a eliminar la religión -todas las religiones , añade usted, con tanto dramatismo, que hace dudar al lector del talante democrático del autor de dichas palabras- se debería de decir que ese progreso no nos lleva a ninguna parte. Porque la religión no es un hecho que se deba enclaustrar en «la parcela de lo puramente subjetivo» , como indica. De ser así, deberíamos empezar por derribar la Catedral de León y terminar por suprimir las misiones que tantos religiosos y religiosas -v.g., la Madre Teresa de Calcuta- sostienen en países necesitados. Antes deberíamos recluir en esa subjetividad actitudes intolerantes que convierten «una» verdad en verdad obligatoria para el resto. Sin ir más lejos, aquellas que pretenden extirpar la religión del pluralismo y de la libertad ideológica (arts. 1 y 16 de la Constitución), de la libertad de expresión (art. 20 de la Constitución) e incluso de la libertad de educación (art. 27 de la Constitución), como usted hace, señor Barajas, inmediatamente después de tachar ese mismo comportamiento en determinados representantes de la Iglesia. Entendámonos, señor Barajas, no se aprende a ser religioso o practicante en la escuela, como tampoco se aprende a ser tolerante o demócrata. Todos estos valores sólo se transmiten con solidez en el seno del hogar, con determinados soportes exteriores, como la escuela, donde sería básico e inapelable el criterio de los padres. No es esto lo que se pretende al enseñar religión en las escuelas. Se trata más bien de enseñar que la religiosidad es una dimensión inherente al ser humano, ya que, como usted señala, el estudio del hecho religioso [¿] siempre ha estado contemplado en las clásicas materias de Historia, Ciencias Sociales, Historia de las Civilizaciones, Historia del Arte¿ Luego, y siguiendo la más poderosa lógica apoyada en sus primeras palabras, de entrada, la religión no debería ser una materia optativa sino transversal. Pero a continuación hace una más que extensa descripción de tópicos en torno a la religión por los que, argumenta usted, debería suprimirse para siempre la enseñanza de la religión. No le negaré la parte de verdad que hay en sus denuncias, ni tampoco que los cristianos estamos especialmente dormidos en cuanto a las exigencias de nuestra fe. Pero el balance final que usted hace es injusto, porque no critica usted el contenido de nuestra creencia, sino el modo de vivirla de determinados sectores que, por lo visto, usted ha sentido muy de cerca. Francamente, es como si usted argumentara que ya que hay ladrones y asesinos, de debería derogar entero el Código Penal. O, si permite ir más allá, ya que hay situaciones injustas en la democracia (desde el precio de la vivienda hasta la pobreza más aberrante) se debería terminar con la democracia. Y sobre esa supuesta incompatibilidad entre los avances científicos y la religión, ello sí que constituye un auténtico dogma, bastante poco progresista, por cierto. Apenas argumenta usted en este sentido. Y no es aquí donde se deba entrar a la marxista «concepción holística del universo» que usted alude, pero sí podría ayudarle el que leyera El libro negro del comunismo . Y la comparación que usted realiza entre la buena fe y la supina estulticia , resulta tan falta de la más elemental filosofía del hombre que no merece apenas una r éplica. Como diría un castizo, usted, de toda la función alimenticia se queda con el pedo al afirmar que fue testigo de penosos escándalos enterrados bajo gritos intolerantes. Estúpido sería negar los hechos a un testigo. Pero si uno es testigo, lo es sin tacha, del todo. ¿Ha sido usted testigo de que el único líder que condenó la guerra de Irak alegando responsabilidades morales fue el Papa? ¿Ha sido usted testigo de que las naciones «progresistas» que entonces se opusieron ahora reclaman vergonzosamente su trozo del pastel? Es fácil ser testigo del que más grita. Pero no podrá negar que en sus años de educación hubo otros religiosos que enseñaron auténticos valores que hoy conforman nuestra sociedad. Y de ellos usted también ha sido testigo. Hasta aquí, señor Barajas, se puede argumentar que todo merece estudios más profundos, que desde todas las autoridades se debería someter a intenso análisis. De acuerdo, hágase, es necesario y, sobre todo, es bueno. Pero resulta absolutamente indefendible establecer que los jóvenes «tienen su fe» en «los ídolos del rock o del deporte» , que «su incienso es el hachís, la marihuana, el alcohol», que sus catedrales son las «macrodiscotecas» , o que su liturgia son «la danza y el sexo sin límites» ¿ proviniendo todo ello de un docente, produce auténtico terror. Bien, de acuerdo, señor Barajas, sustituyamos la religión por el capitalismo más aberrante y por el exceso de sustancias que hará de nuestros jóvenes ancianos con apenas cuarenta años. Gastad, jóvenes, gastad, y sed lo más irresponsables que podáis con el sexo, los condones lo pueden todo -consultar la página web de la OMS sobre la efectividad real de las gomitas y su escasa incidencia en las estadísticas de contagio de ETS-. No, señor Barajas, educar significa asumir una responsabilidad muy grande como para elevar gratuitamente a la categoría de dioses a Beckham o a Britney Spears; porque, citando a G. K. Chesterton, «la responsabilidad más grande de todas es la de no guiar al niño hacia ningún fin». Y en ese guiar hacia un fin, con todo el sentido progresista y científico que tenemos la obligación moral de darle, la religión juega un p apel más importante de lo que ha llegado usted a suponer como docente en su escrito de fecha 14 de abril.

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