EL PAISANAJE
Los hijos pródigos
DESDE que tomó posesión el nuevo Gobierno, hace un par de semanas, raro es el día que no se deja caer por aquí un alto cargo leonés en visita oficial para agradecer la confianza depositada en él. Un jueves de abril lo hizo el propio presidente Zapatero y ayer mismo el ministro del Interior, señor Alonso, los cuales han sido recibidos con los brazos abiertos en la doble acepción que da al término el diccionario de la Real Academia: primero, por darles un abrazo de paisano a paisano y, segundo, por si se puede recoger ya a brazadas lo prometido en campaña electoral. Sean bienvenidos. No obstante y dada la abrumadora densidad de leoneses en La Moncloa y en los despachos ministeriales, incluídos subsecretarios y de director general para abajo, convendría establecer algún tipo de criterios para evitar atascos, igualmente de las dos clases: de las caravanas de coches oficiales en los accesos a la ciudad y, llegados al centro, de los conductores normales, que a menudo tardan dos horas y pico en llegar desde San Marcos a los hospitales, mientras el alto cargo de turno se para a saludar sucesivamente al delegado de la Junta nada más salir del hotel, al alcalde en Ordoño II, al presidente de la Diputación junto al aparcamiento de Botines, al comisario en la comisaría o en urgencias si es un baranda de Sanidad. Cuando vino Zapatero, por ejemplo, León estuvo sin autobuses urbanos la tira de horas. Sean bien recibidos en casa los hijos pródigos que, al contrario que el de la Biblia, triunfan por ahí fuera y retornan, no con el rabo entre las piernas, sino para repartir inversiones con enorme prodigalidad. Lo único malo es que tampoco ahorran tiempo y molestias. Pase quedar sin buses cuando vino Zapatero, porque es prudente apartarse del camino del que más manda, pero de ahí para abajo, como nos conocemos todos, en el futuro podían poner un fax o llamar a cobro revertido, como cuando estaban en la oposición. A lo peor se le cruzaban los cables a más de uno.