León

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HAY UN HUERTO en el barrio de El Ejido, una de esas frondosas manchas que separan las casas, en el que brillan y bailan, colgados en una cuerda, los discos compactos desechados por la boca de una computadora. La señora los reutiliza como espantapájaros para proteger las lechuguinas y tomates que planta cada primavera en el trozo de tierra. Por la noche, echa sobre esas matas tomateras una manta de plástico para evitar las traiciones de las heladas tardías o los fríos primaverales de León. Hay mucho que aprender en este sencillo aunque laborioso ciclo de la huerta, muchas dosis de amor y de sentido común, un saludable contacto con la tierra y esa capacidad de lo antiguo de amoldarse al paso del tiempo y embellecerse en su discurrir. Tal vez por eso tienen tanto éxito los huertos de La Candamia. Qué distinto a esa carrera improvisada por pegar unas cuantas enredaderas en un parque en construcción para que las autoridades vean un poco de verde en su paseo del viernes en busca de algo que inaugurar. Y los parques tienen buena prensa; pulmones para la ciudad y esas cosas, aunque sean de hormigón armado. Los parques se han convertido en el sustituto de la madre tierra, aunque ya hay alguna ciudad, como Barcelona, que ha decidido abrir surcos en ciertos jardines. La gente que no ha regado nunca su huerta nada sabe de sus amores y desvelos. Ahora se sabe más de gritos y desvaríos. Anda de tono subido la autonomía para León, sobre mucha palabrería y falta amor a lo propio, de verdad, no de pacotilla; como ama a las palabras bañesas Jonathan Rodríguez Bayo, que las atesora en un diccionario inédito en León. Mientras tanto, Antibióticos echa el vuelo y tranca la puerta de la fábrica con la faltriquera bien llena de subvenciones públicas. Y el país se emboba con las perdices de una boda que de real tiene, sobre todo, el gasto público que les va a suponer a cada ciudadano y ciudadana.

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