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PANCHO PURROY
León

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EL PASADO fin de semana, en la dehesa de Lebanza -Fuentes Carrionas-, un oso pegó un mordisco en el culo a un paisano, buscador de setas en el espinar donde encamaba el plantígrado. El peludo, despertado a cascaporro por la intromisión del peatón en su yacija, decidió amedrentarlo. Corre la voz de que el oso cantábrico pierde timidez y vuelve a la ferocidad de aquel antepasado que mató a Favila. Incluso algún robaperas, encendido, reclama la resurrección de la Junta de Extinción de Alimañas, que ponga orden a la fauna de la Montaña Cantábrica. El hecho, excepcional y quizás causado por una hembra con cría que creyó amenazada a su prole, no casa con el carácter de la población osera cantábrica, constituída por ejemplares retraídos, escondedizos, poco depredadores, selección natural tras larga convivencia con la sociedad pastoril que eliminó a tirascazos aquellos individuos proclives a la agresividad. Una larga coevolución, de miles de años, entre el pastor y el oso ha motivado que este último resida en valles humanizados sin conflicto con sus habitantes. Este comportamiento difiere muchísimo del de sus congéneres americanos, el oso negro y el grizzly. El pequeño oso negro, representado por Yogui, es el más peligroso, autor de algunos incidentes fatales en Canadá y Estados Unidos. Su actitud, a veces, es la de considerar a la persona como presa potencial, más tonta y lenta que un ciervo. Si se acerca, aconsejan que te conviertas en guerrero y a gritos, patadas, palos y pedradas, defiendas tu integridad. El grizzly, subespecie de oso pardo corpulenta y canosa, suele intimidar al hombre que se acerca demasiado, con una exhibición territorial. Si carga, recomiendan hacerte el muerto, inmóvil en el suelo, con la mochila protegiendo el dorso y las manos sobre la cabeza. Solo llevan dos siglos enfrentados al vaquero invasor y siguen bravíos. Suerte necesitan nuestros raros osos para aguantar la falta de tranquilidad y el veneno antilobos.

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