EL RINCÓN
De bien en peor
HAY que hacerle caso a don Alfredo Sáenz. Es el número dos del Banco Santander y se supone que los números dos sólo saben un poco menos que los números uno , del mismo modo que se supone que el octavo sabio de Grecia sólo sabía un poco menos que los siete que acapararon toda la fama. Atentos pues a los consejos de Sáenz, que no es traidor el que avisa, aunque su advertencia no haga ninguna gracia a nadie. En la fundada opinión del consejero delegado del Santander es imprescindible desmontar el Estado de bienestar de la Unión Europea, ya que si no mejoramos las estructuras de nuestros mercados laborales y adecuamos nuestros niveles impositivos a los de otros países competidores, nos van a dar sopas con honda y ése puede ser nuestro plato único. Sustituir el Estado de bienestar por otro donde se esté peor quizá no provoque un entusiasmo indescriptible entre las masas. En general, la gente tiene una gran capacidad para adaptarse a mejorar de vida, aunque sea de modo brusco. Se sobrepone al cambio admirablemente, sin la menor nostalgia de su anterior penuria, pero se registran menos casos de acomodación a la inversa. Se deduce que sobreponerse a la riqueza es más fácil que dominar los impulsos del ánimo cuando las cosas vienen mal dadas o cuando nadie da nada porque no hay nada que dar. Ir de bien en peor es escasamente sugestivo como proyecto vital. Deberíamos declinar el ofrecimiento, como hizo aquel dictador sudamericano al que alguien del público le mostró una soga anudada mientras pronunciaba un discurso. «He recibido ofertas mucho más sugestivas que esa y he sabido rechazarlas», le gritó. En España nos habíamos acostumbrado a vivir razonablemente bien, a condición de no pensar demasiado en el futuro y a no tener presentes a los ocho millones de compatriotas que están sumidos en la más absoluta pobreza. El dinero corre, aunque el euro le haya puesto plomo en los pies, y casi todos tan contentos.