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JUAN F. PÉREZ CHENCHO
León

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NO ME ha escocido, quiá, la columna de mi admirado compañero Eduardo Aguirre. Al revés: la he celebrado. Era mi tema para hoy. Él comparece cada lunes «Al trasluz», mientras yo tengo entornados los cuarterones del Balcón. Comparto de la «a a la zeta» su artículo sobre la Fundación de Células Madre, que rubrica bajo el título «Un gran reto». Lo es. Hacen bien el corregidor de León, Francisco Fernández, y el presidente de la Diputación, Javier García-Prieto, en reclamar para nuestra ciudad la sede del centro investigador sobre células madre de Castilla y León. Toda la sociedad leonesa debe respaldar esa petición. Más que una petición debe ser una exigencia si León no quiere seguir quedando postergada en esta Comunidad Autónoma. La semana pasada vimos las fotografías de la inauguración de las fábricas de componentes para el Airbus en Boecillo. Debe recordarse que hace dos años y medio esa empresa quiso instalarse en León. Por arte de birlibirloque, «gracias» a las gestiones de la Junta de Castilla y León -que demostró, una vez más, ser la Junta de Valladolid- la empresa cambió de opinión y decidió instalarse en el Parque Tecnológico de Boecillo. Con el centro de investigación de células madre no puede pasar lo mismo. Sería catastrófico. Eduardo Aguirre bucea en la bondad de las cosas, pero deja en el aire siempre los agravios. Y es necesario vocearlos. Las células madre no son ya una utopía. Constituyen una esperanza de vida, tanto en calidad como en cantidad. León, o mejor dicho: la Universidad de León, la industria farmacéutica leonesa, los Institutos de Biotecnología e Intoxcal, la implantación de la licenciatura en Biotecnología, y un importante equipo investigador en Biomedicina, suman un conjunto de factores que justifican que ese centro investigador esté en León. Lo contario sería otra cacicada política. Con el respaldo ciudadano, los políticos de todos los partidos leoneses tienen ante sí, en efecto, un gran reto: convencer a la Junta para que las instalaciones se ubiquen en León. Las Cajas de Ahorro no plantean problema alguno. Darán su apoyo económico, pero eso, con ser muy importante, no es cuestión única. Lo transcendente es la esperanza de vida. Me cuentan cómo un retranqueado de derechas, casi un absolutista que padece Parkinsson, renegó de José Mª Aznar cuando congeló el permiso de investigación sobre células madre. Tiene 82 años y, sobre todo, esperanza de vida. En este reestreno veraniego se ha apoderado de mí una especie de melancolía. La melancolía está a medio camino entre el júbilo y la tristeza. He celebrado que un muchacho al que conozco desde la cuna, José Gustavo Rodríguez Hidalgo, haya superado con Sobresaliente su tesis doctoral. Es ya otro joven doctor de la ULE. Y he lamentado, cómo no, el adiós definitivo de José Gómez García de la Plaza, corredor de comercio y notario. Tenía 67 años. Murió a pie de obra. Aunque era previsible, no ha dejado de sorprenderme. Tardaré en asimilar que no me dé los buenos días al cruzarnos en la Plaza de las Cortes.

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