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JOSÉ CAVERO
León

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TERMINÓ sus trabajos, siquiera en una primera parte, la comisión de investigación parlamentaria sobre el 11-M y sus circunstancias. ¿Quién llevará a conclusiones tanta palabra expuesta con ánimo casi siempre partidista, con el PP o contra el PP? No resultará fácil esa tarea, ni mucho menos convencer a la ciudadanía de que ese experimento de las comparecencias habrá servido para algo. Eso sí, habrá servido para que Angel Acebes trate de reivindicar su propia actuación en aquellos terribles días de la tragedia. El futuro secretario general del PP, si Rajoy no cambia de parecer, y no parece probable, sigue defendiendo su actuación de cada minuto en aquellas circunstancias y en las siguientes, por más que fue a él y a nadie más, como máximo responsable de la lucha antiterrorista, a quien le metieron el estruendoso golpe de las ciento noventa víctimas mortales y casi dos mil heridos. No se enteró antes, Acebes, de la que se estaba preparando, y aún hoy, «sonado» por el estrépito de las mochilas de las estaciones de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia, sigue siendo incapaz de advertir de dónde nos llegó a todos, pero en primer lugar a él y al gobierno del que formaba parte, aquella impresionante bofetada. Y, sin embargo, tras su comparecencia de diez horas en el congreso, Acebes parece estar en la actitud de quien ha merecido un homenaje por su efectividad, cuando proclama que nadie ha podido asegurar que ya ha aparecido la mentira del gobierno de Aznar, y cuando proclama que es una irresponsabilidad no investigar a ETA, descartando de un plumazo las posible conexiones. Sería triste y lamentable que, finalmente, se irguiera como el indiscutible vencedor de una comisión que no ha tenido mayor utilidad que verbalizar las posiciones que cada cual, y con anterioridad, tenía ya perfectamente argumentadas: el gobierno no previó el golpe, quedó completamente a oscuras y fue dando palos de ciego sobre la autoría en las horas siguientes. La oposición, con la opinión pública, sigue reclamando toda la luz y los datos posibles sobre autoría material y moral, eventuales relaciones entre grupos criminales, si las hubiera.. Pero, sobre todo, es el gobierno el que debe a toda la sociedad española en su conjunto, no una actitud de gallitos a toda costa, sino el esfuerzo sobrehumano de recordar que a ese equipo de gobierno, desde Aznar al último comisario, se le había encomendado la tarea de garantizar la seguridad física de los españoles. Y eso se quebró estruendosamente.

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