EL RINCÓN
Posteridad
HAY personas que desean ardientemente perpetuarse, no sólo en la memoria de la gente que le quiso mucho, sino de la que no le quiso nada. La cosa es dejar huella de su paso por este planeta arrabalero, perdido entre millones de galaxias. En general, los que aspiran a ser recordados son tipos que tienen una inmejorable opinión sobre ellos mismos y no se resignan a una total y piadosa desaparición. ¿Cómo el mundo no va a resentirse con mi ausencia?, piensan para sus adentros, que por cierto no son muy hondos. Para mitigar el inexorable olvido, algunos practican las bellas artes y quieren dejar algo que les sobreviva o legar a la humanidad algún descubrimiento científico. Otros se conforman con presidir un club de fútbol o una cofradía. Incluso hay personas que se sienten satisfechas con haber sido titulares de un Ministerio en un país de no mucha eficiencia. No es temerario suponer que ése es el caso de don Francisco Álvarez-Cascos. El ex, cuando mandaba, ordenó editar dos libros que recogieran sus gestas departamentales. Uno carece de ilustraciones, aunque abunde en ditirambos. Otro contiene 225 fotografías suyas que le muestran de frente y de perfil, que de ambas formas se delata su condición de «sparring». La factura de las dos imprescindibles publicaciones asciende a 39.700 euros. Si presencian ustedes el insólito hecho de que haya colas en las librerías, no se extrañen: es que esos libros se están vendiendo como rosquillas y muchos españoles temen quedarse sin un ejemplar. Sería un desdoro para cualquier biblioteca que no figurara en ella el fotogénico ocupante del Ministerio de Fomento recibiendo los premios a los que se hizo acreedor, entre los que figuran, entre otros de menos importancia, el Chirimoyo del Año y el Membrillo de Oro. Se dice que la posteridad es una superposición de minorías. Otros creen que es sólo una hora de trabajo para el marmolista que talle todos los títulos del finado en una lápida. Lo único que se sabe de ella es que es preferible disfrutarla en vida.