BURRO AMENAZADO
Zorrilla
HE PASADO unos días de relajo, en burro, recorriendo las divisorias entre el Bierzo y la Maragatería. Haces muchos amigos al cruzar los pueblos, sin prisas, mientras ofreces trago de bota, conversación y pinta de loco de atar, de presunto peregrino extraviado para pordiosear. -- ¿Habrá hecho usted alguna promesa, no? Dormir al raso, llevar del ramal a Céfiro por los viejos caminos carreteros y carecer de prisa, enseña más del paisaje y la poca gente que resiste en las aldeas que lo conocido tras excursiones en coche, de vaivén a la ciudad. El agobio, la pesadumbre, el recuerdo de los que vivieron duramente en labranza y ganadería de subsistencia, envuelven los muros caídos, las vigas sepultadas y la ruina penosa de Las Tejedas, Folgoso del Monte o Fonfría, cuyas calles son estercolero de bostas de vaca y enjambre de tábanos, desolación sin voces humanas. Tuve que bajar de Matavenero a San Andrés de las Tiendas a comprar unos melones, jamón y queso que mejorasen la dieta de Salva y Yula, hippies vegetarianos que viven de las colmenas y resisten a base de pan de centeno, ajo, kéfir, hojas de lechuga, agua de fuente y mucha ensoñación. En la vega del río Real, corriente abajo de San Facundo, ligo la hebra con un paisano pequeñuco, enjuto, cuidador de un huerto modélico. - Hace años que por aquí nadie pasa en burro. Con lo buenos que eran para apañar castañas y patatas en los serones. El que lleva, tan peludo y castaño, no es de la raza que teníamos, más pequeños y blancos. - ¿Ve ese cerezo? Es el único del valle lleno de cerezas, que los de los demás están comidos por arrendajos, mirlos y tordos. He subido al gato a esa tabla -¿la ve, en la copa?-, atado a un cordel, y no hay pájaro que se acerque. Eso sí: al oscurecer, le doy con la pértiga, en una lata, comida y agua, que al animal hay que pagarle el trabajo. Me tienen una envidia del copón por lo que invento. El zorrilla me llaman. Pruebe, cate estas cerezas que, a ingenio, gano a cualquiera.