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RAMÓN PI
León

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EN ESTADOS Unidos está la cosa que arde. Eso no es nuevo en año electoral. No hay más que recordar el empate técnico entre Nixon y Kennedy, o la fallida reelección de Bush padre, o la pugna cerradísima entre Bush hijo y Al Gore. Quizás lo de ahora esté especialmente marcado por algunos acontecimientos inmediatos, como ocurrió, por ejemplo, con la guerra del Vietnam en los años 60 o con la guerra fría en 1952 (entonces ganó el general Eisenhower). Ahora tenemos la segunda guerra de Irak, pero también otros asuntos que fracturan a la sociedad norteamericana, como el aborto o la experimentación con embriones humanos. Y no es para extrañarse: una vez derribado el Muro de berlín y caído el imperio soviético, no es que se haya acabado la Historia, como han querido algunos intérpretes más bien groseros de Francis Fukuyama, sino que algunos aspectos ideológicos que antes estaban más ocultos han emergido a la superficie del debate público. Entre nosotros estas elecciones se están tomando como si fuesen unas elecciones domésticas, y en cierto modo podría decirse que así es, dada la enorme influencia que lo que ocurra en Estados Unidos tiene en Europa, y también, claro está, en España. No entender esto es como retirar las tropas españolas de Irak y encima pretender que de esta manera se «fortalecen» nuestras relaciones con Washington, como dijo esa lumbrera llamada Moratinos y corroboró repetidamente en una rueda de prensa la vicepresidenta del Gobierno. Nos importa, claro que nos importa lo que pase en la elección presidencial americana. Sin embargo, la manera con que los medios de comunicación españoles se enfrentan a esa cita del «primer martes después del primer lunes de noviembre» es peculiar, porque parecen no querer informar al público de aquí sobre lo que sucede allí, sino que exhiben una beligerancia sólo comprensible si las elecciones fuesen aquí mismo, y no al otro lado del Atlántico, como si Bush o Kerry fueran a leer nuestros periódicos, oír nuestras emisoras de radio o nuestros informativos de televisión, y en función de eso fueran a modificar sus estrategias de campaña. Todo esto es bastante estúpido, pero ya se sabe que la pasión es incompatible con la razón, y casi siempre, también, con el sentido del ridículo.

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